El Correo Digital
Sábado, 4 de marzo de 2006
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«Ante todo, era un hombre bueno»
Carmen Beldarrain, viuda y compañera inseparable de Telmo Zarra desde hace cincuenta años, habla de su marido, un futbolista de leyenda
El corazón de Zarra se apagó de repente, mientras echaba una cabezada en el sofá, junto a su nieta Adriana. Fue una muerte dulce, un último suspiro en paz. Nueve días después del fallecimiento de esta leyenda del fútbol, su viuda, Carmen Beldarrain, recibe a EL CORREO en su casa de Bilbao. La presencia de Telmo, de Telmito, como ella llamaba cariñosamente al hombre con el que el próximo mes de octubre iba a celebrar sus bodas de oro, está por todas partes en este piso de la calle Rodríguez Arias. Es natural. Y no sólo porque su muerte sea todavía una herida reciente y Carmen, de hecho, tenga a veces la impresión de que, en cualquier momento, doblará la esquina del pasillo y descubrirá a su marido en el salón fumando a hurtadillas un cigarrito -«que no trago el humo, Carmentxu», le oirá justificarse-, sino porque el mito de Zarra ha dejado una huella que trasciende a los sentimientos; una huella material tan rica que serviría por sí sola para hacer un museo.

Carmen y Elena, las dos hijas del legendario goleador del Athletic y de la selección española, acompañan a los periodistas en su visita a una colección inabarcable de cuadros, de cajas enteras de fotografías, recortes de periódicos y revistas, esculturas, balones, placas, caricaturas, medallas, cromos, cartas, estampitas, telegramas, trofeos de todos los tamaños... Lo cierto es que hay de todo en casa de los Zarra, incluso alguna de las viejas colecciones de lapiceros Jovi Club que llevaban escritos los nombres de los jugadores y una pequeña fotografía de cada uno de ellos. O regalos de procedencia curiosa, como una preciosa cajita de madera labrada que le hizo un preso de la cárcel de Cádiz o un óleo firmado por un pintor del Congo -un tal Kisangani-, que el misionero Javier Zabalo le trajo a su amigo Telmo de aquellas tierras. «No sabes lo que hay aquí», comenta Elena.

Declaración de amor

Carmen Beldarrain se sienta en el sofá dispuesta a charlar. Más allá del dolor y de la profunda sensación de vacío que le ha dejado la pérdida de su marido, hablar de él le produce algo parecido a la serenidad, un respiro interior, como si sus palabras tuvieran todavía el efecto de convocar al hombre que, hace unos pocos días, de repente, volvió a emocionarla con una declaración de amor de película: 'Carmen, te he querido siempre, te quiero y te querré'.

-Los homenajes, el funeral, tantas y tantas llamadas de teléfono... Llevan unos días muy intensos.

-Sí. Han sido muchas emociones y todavía estoy en una nube. La gente no ha podido ser más cariñosa con nosotros, de verdad. Estamos muy agradecidas y quiero dar las gracias a todo el mundo. Mira ahora: la Sociedad Coral de Bilbao y la Coral Arregui de Mungia nos van a cantar en las misas memoriales. Todo son detalles.

-¿Ha habido alguna llamada o algún gesto de estos días que le haya emocionado especialmente?

-¿Llamadas? Muchísimas. El primero que nos llamó fue Antonio Ramallets. ¿Cómo lloraba el pobre! Y luego llamó Biosca, que estaba pachucho el hombre... Eran grandes amigos. Y Rafa (Iriondo), claro, qué te voy a decir de Rafa.

-Al final, a Telmo le venció el corazón.

-Sí, estaba delicado. Sólo le funcionaba al 40% y ya había tenido un par de sustos. Una vez en Mungia, otra hace años en Cancún... La última fue en abril, en una comida en el Ercilla.

-Hablemos del pasado, si le parece. ¿Cuándo conoció a Telmo?

-De muy jovencita. Es que ellos vivían en la estación de Mungia y yo vivía enfrente. Recuerdo que un día, yendo a la escuela, vi en un escaparate una fotografía de la plantilla del Athletic. Y me sorprendí mucho al verle. Anda, si ese es Telmito, el de la estación, pensé.

-Quién le iba a decir que acabaría casándose con ese futbolista.

-Y tanto. Entonces Telmo me trataba como a una niña. Yo le tenía mucho respeto. Le veía mucho mayor. Recuerdo que los domingos, después de los partidos de fútbol, Telmo iba a la plaza de Mungia y se sentaba en el bar de la Baquiense, en la parte de atrás que daba a la plaza. Y cuando terminaba de tocar la banda y me veía por allí, me hacía un gesto tocándose el reloj y me llevaba a casa porque decía que era tarde. 'Vamos, gitana', me decía. Me dicen entonces que me voy a casar con Telmo y yo digo que ni hablar. Él tenía una novia, una chica majísima, y le habían hecho hijo adoptivo de Mungia. Y yo era tan delgadita, tan poca cosa...

-¿Cuándo se hicieron novios?

-Cuando él estaba lesionado de la rodilla.

-Esa lesión fue en 1953.

-Sí, cuando se rompió los ligamentos al chocar con Montes, el portero del Atlético. Nos vimos en las fiestas de San Antontxu. Él estaba con la escayola y yo me acerqué, y quedamos para celebrar nuestros cumpleaños. Porque Telmo cumplía el 20 de enero y yo el 21 de enero. Y así empezó todo. Tontamente.

-Se casaron en 1956.

-Sí, en octubre hacíamos las bodas de oro. Nos casamos en la iglesia de Santa María de la Campa, en Erandio. Ya sabes que Telmo había nacido en Asua y quiso casarse en la iglesia en la que le bautizaron.

Pasión por el fútbol

-Cuando se casaron, Telmo ya había acabado su carrera en el Athletic y mató el gusanillo un par de temporadas en el Indautxu y en el Barakaldo. ¿Le costó dejar el fútbol?

-Un poco, porque a él siempre le tiró mucho el fútbol. Estos eran unos apasionados del fútbol. Pregúntale a Rafa Iriondo. Cuando terminaban el entrenamiento se quedaban una hora más dale que te pego, ensayando jugadas y remates que luego empleaban en los partidos. Y estando en Mungia, lo mismo. Si no había entrenamiento, cogía la bici, pasaba por la huerta donde Ángel Sertutxa estaba con las vacas y se iban los dos a entrenar al campo del Mungia. La verdad es que se cuidaba muchísimo. Telmo no pisaba un bar. Vivía para el fútbol. Era muy responsable.

-Sin embargo, al retirarse no quiso seguir vinculado al fútbol como hicieron Iriondo o Piru, por ejemplo, que luego fueron entrenadores.

-Es que decía que él no valía para mandar.

-¿Y no valía?

-Pues poco, la verdad. Ante todo, era un hombre bueno. Y con éstas (Carmen Beldarrain señala a sus hijas) no te digo. Si yo les castigaba, enseguida les levantaba el castigo y se ponía de su parte. Cuando eran niñas y hacía mucho frío, enseguida me decía: 'Con este tiempo no mandarás a las niñas al colegio'.

-Un padrazo, vamos.

-Demasiado. Y con los nietos igual. Lo que más le gustaba es que estuvieran de vacaciones.

-¿De los grandes partidos que jugó recordaba alguno especialmente?

-Recordaba mucho la final de Copa contra el Valladolid, en la que metió los goles en la prórroga. Uno de ellos lo marcó con la clavícula rota.

-Más que el famoso gol de Maracaná a Williams.

-Sí. Lo de aquel gol ya le cansaba un poco. 'Parece que no he metido más', decía.

-Una de las virtudes que todo el mundo ha ensalzado de Zarra ha sido su caballerosidad en el campo. Era el suyo un 'fair play' no reñido con la competitividad.

-Sí. Era muy competitivo, pero no lo era a costa de lo que fuese.

-De aprovecharse de un portero lesionado, por ejemplo.

-Exactamente. Tiene la medalla del Málaga y del Coruña porque no quiso meter gol viendo al portero en el suelo. Él era así y se ganó alguna bronca de los compañeros. Ya habrá otras ocasiones, solía decir en esos casos.

-No es extraño que Telmo hiciera tantos amigos en el fútbol.

-Es verdad. Aparte de los del Athletic, también hizo grandes amigos en la selección. Y otros como Kubala o Di Stéfano. ¿Qué besos le dio Kubala en el homenaje! También a Di Stéfano le tenía cariño y admiración. Siempre decía que había sido el mejor.

El mérito del Athletic

-¿Seguía mucho al Athletic?

-Claro que sí, pero prefería ver los partidos por la tele. En la grada sufría. Hasta muy mayor, cuando se ponía nervioso y veía mal al equipo decía que tenía que saltar él al campo. Y no creas que lo decía de bromas. 'Qué cosas dices', le decía yo. Y él se enfadaba: '¿Tú qué crees, que yo no me conozco?'

-Pero también iba a San Mamés.

(Interviene Elena Zarraonaindia)

-Iba algunas veces con Rafa, pero eran una pareja de nerviosos. Iban un rato y se salían, se iban a jugar a cartas o a tomar un vino... Dos culos inquietos. Aita, de todas formas, prefería ver los partidos por la tele, sobre todos estos últimos años en los que ha tenido algunos problemas de memoria por las lesiones internas que se produjo de tanto rematar de cabeza.

-¿Y qué decía del equipo y del tema de los extranjeros, por ejemplo?

-Él defendía mucho a los chavales del Athletic que juegan ahora. Decía que tenían mucho mérito al competir contra figuras que vienen de todo el mundo. Lo que les envidiaba era la calidad de vida, y no sólo por el tema económico, sino por las condiciones de los viajes. Estos se tiraban dos o tres días por ahí y volvían a casa con sacos y sacos de cosas, de arroz que les daba Puchades, de aceite, de garbanzos. ¿Qué tiempos!



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