La desintegración de la URSS le dejó sin reino y fracasó en su intento de recuperar el poder. En las elecciones presidenciales rusas de 1996 obtuvo menos del 1% de los votos. Hoy continúa al frente de la fundación que lleva su nombre y preside la Cruz Verde Internacional. Recibió el Premio Nobel de la Paz en 1990. Viaja constantemente por el mundo pronunciando conferencias. El último presidente soviético, Mijaíl Gorbachov, cumplió el jueves 75 años.
-¿Cómo ve usted la situación actual en el mundo?
-La idea de que la situación en el planeta mejoraría después de la guerra fría, en cuanto a que los recursos empleados en la carrera de armamentos quedarían libres para dedicarlos a luchar contra la pobreza, no se ha materializado. Desaprovechamos la ocasión de reconducir los procesos que estaban teniendo lugar en el mundo en aquel momento.
-¿Qué factores han incidido para que sea así?
-La globalización, por ejemplo, ha avanzado de forma caótica, fuera de control, y eso está teniendo consecuencias muy destructivas. La globalización debería haber servido para hacer el mundo más abierto, mejorando la interacción entre las naciones y la cooperación. Lo que ha sucedido, sin embargo, es que se ha abierto un profundo abismo entre países ricos y pobres. Las raíces del extremismo, del fundamentalismo y de la especulación en el campo de la política están precisamente en la pobreza. Mientras no la erradiquemos no tendremos un mundo estable.
-¿Cuáles son a su juicio los desafíos a los que se enfrenta el mundo actual?
-La seguridad, la pobreza y la amenaza ecológica, pero también, en un futuro no demasiado lejano, la falta de agua potable, que puede llegar incluso a provocar guerras.
-¿Qué se puede hacer para atajar todos esos problemas?
-Hace falta nuevas formas de abordarlos. Hay que aprovechar las lecciones del pasado. Durante la guerra fría nadie creía que se podía acabar con la carrera de armamentos. Alguien tuvo que dar un primer paso. Lo dio la nueva generación de dirigentes soviéticos de entonces y se logró. Estaba claro que, en los años 80, la URSS no podía recurrir de nuevo a los tanques como había hecho en Berlín, en 1953, en Budapest, en 1956, o en Praga, en 1968. Ahora hace falta también otra forma de abordar los problemas con una mayor dosis de diálogo, comprensión y paciencia. América debe hallar su lugar como gran potencia mundial y asimilar su estatus. Se cree la vencedora de la guerra fría y, a veces, el complejo de superioridad del vencedor es peor que el de inferioridad del vencido.
Proceso de curación
-¿Rusia se siente ahora inferior?
-Rusia está en proceso de curación, de cicatrización, convaleciente aún. Harán falta decenios para que se convierta en el país que Occidente espera. Lo que se ha hecho en Europa en cuanto a democracia en 200 años no lo puede hacer Rusia en 200 días. Es una país con una larga y dramática historia, especialmente en el siglo XX, con muchas culturas y religiones, con diez husos horarios y distintas lenguas. Estamos además tratando todavía de superar el estalinismo.
-¿Significa eso que la desestalinización que inició Nikita Jrushov en el XX Congreso del PCUS hace 50 años están aún sin culminar?
-Hace 50 años yo acababa de comenzar mi carrera política en Stávropol y una de las primeras tareas que me encomendaron fue explicar las resoluciones de aquel congreso en las ciudades y aldeas de la región. Mucha gente no podía creerse que Stalin fuera un asesino, rechazaban el contenido del informe de Jrushov. Pese a que después echó marcha atrás Jrushov actuó con valentía y su mérito fue enorme al dar el primer gran empujón a las reformas. Hoy día en Rusia hay quien piensa que el informe ante el XX Congreso fue el primer acto de traición y la 'perestroika' que yo inicié el segundo.
-Un reciente sondeo indica que el 53% de los rusos consideran que usted es el responsable de la desintegración de la URSS.
- Soy algo escéptico con los resultados de determinadas encuestas. Otro sondeo realizado por la fundación que dirijo señala que la actitud de la población hacía la 'perestroika' ha mejorado en los últimos años. En cuanto a la desintegración de la URSS, debo decir que luché hasta el último cartucho por evitarla.
-¿De qué forma?
-Yo proponía el mantenimiento del Estado soviético en una forma blanda, con elementos confederativos. El país tendría un presidente electo y un Parlamento. La Administración central conservaría atribuciones en defensa, política exterior y algunos aspectos financieros. Todo lo demás se decidiría en el seno de las repúblicas. El 25 de noviembre de 1991 llegamos a un compromiso sobre el Tratado de la Unión, que aceptaron todos los dirigentes republicanos, incluido Borís Yeltsin. Pocos días después, a mis espaldas, se reunieron en Belovézhkaya Pusha, Yeltsin, Kravchuk y Shuskévich y enterraron la URSS.
Sin apoyos
-¿Qué sucedió?
-Intenté revisar los acuerdos de Belovézhkaya Pusha, pero me quedé solo. Los intelectuales no dijeron nada, el Ejército tampoco y nadie salió a la calle para manifestarse en contra de la desaparición de la URSS. ¿Para qué iba a conservar el sillón? Cualquier intento de recurrir a la fuerza hubiera sumido el país en algo peor que lo que pasó en Yugoslavia. Así que dimití.
-¿Se puede decir entonces que el culpable de la desintegración de la URSS fue Yeltsin?
-La culpa recae directamente sobre la junta golpista que intentó tomar el poder en agosto de 1991. Políticamente nunca logró hacer valer sus postulados a ningún nivel y en ningún foro, pero aprovechó mis vacaciones para llevar a cabo el levantamiento. En cuanto a Borís Yeltsin me dijo que apoyaba mi proyecto de Unión de Estados cuando era evidente que se preparaba para dar la puntilla a la URSS. Le gustaba el papel de salvador. Me acusó de connivencia con el golpe de Estado, una falsedad inaceptable. Debí haberle enviado de embajador a alguna república bananera para que se dedicase al cultivo de cítricos.
-¿Qué opina de la política de Putin, no cree que ha lapidado muchas de las conquistas democráticas que posibilitó la 'perestroika'?
-Putin recibió un país sumido en el caos. Había comenzado un proceso que conducía a la desintegración de Rusia. Sólo por haberla evitado, merece que su nombre aparezca subrayado en las enciclopedias. Ha cometido errores, pero el balance general de sus dos mandatos creo que se inclina del lado positivo. Al principio, yo no creía en él, sin embargo, ha resultado ser un buen presidente para Rusia.
-¿Cómo ve usted la mediación que Rusia está intentando llevar a cabo con Irán y el grupo radical palestino Hamás?
-No podemos admitir la postura de Hamás de no reconocer Israel, un país miembro de la ONU, pero toda pelea debe acabarse algún día y ahora surge una buena oportunidad para hacerlo. En cuanto a Irán, hay que ir por el camino del diálogo, hay que convencerle de que tiene derecho a dotarse de un programa nuclear para uso pacífico, pero respetando el Tratado de No Proliferación Nuclear.
-¿Qué solución ve al problema checheno?
-Necesitan un estatuto especial dentro de la Federación Rusa. Deben ser dueños de su tierra.