El miércoles transcurría la tarde como es habitual en la televisión, o sea, a estirones. Y en esto, llegó Gaztañaga, se acabó la diversión y a quien estaba ante la pantalla se le pusieron los pelos como alcayatas. Son tiempos de impudicia suprema. Y lo más decepcionante es que, ni se sabe por qué razones, una parte de la ciudadanía ha tomado la decisión de acompañar en ese viaje al interior de la mugre a determinados productores televisivos. Lo privado es aquello que sucede a la vista de pocos, de los elegidos. Lo íntimo pertenece a una zona invisible de nuestra vida, aquella que hemos acotado incluso para esos pocos que pueden observar lo privado. Y hace tiempo que primero lo privado y, después, lo íntimo se enseñorean en un ámbito tan extraordinariamente público como la televisión.
La cosa se perpetró en 'El diario de Patricia', un espacio de Antena 3 en plena franja de protección infantil. Se habló del tamaño del pecho de algunas mujeres y de la grandísima importancia que puede llegar a adquirir. El tema ya tiene su cosa para esa hora, porque, francamente, esas no son precisamente las mejores lecciones para recibir a las ocho de la tarde, y dudo de que deba haber momento en la pantalla para cuestiones tan trascendentes.
Estaban en el plató un padre y su hija, treintañera. Como quien conversa de bonos del Estado o del menú para la cena, hablaban del pecho de ella. Tan acomplejada está por su minúsculo tamaño que, según declaró, no se desprende de la camiseta cuando se da a los juegos amorosos. No es que estuviera su padre presente, es que, como dirían en 'Gran Hermano', les estaba viendo «toda España». ¿Qué grandísimo favor a la información hablar de esas cosas! ¿Excelentes profesionales quienes eligieron el tema y a sus invitados! No se puede dejar de pensar que la aparición en la pantalla contando intimidades tiene un alto precio: ¿Qué sucedió ayer, un día después, cuando padre e hija salieron a la calle a comprar el pan? ¿Se mantendrían erguidos, orgullosos de haber exhibido sus adentros?