El Correo Digital
Domingo, 5 de marzo de 2006
 Webmail    Alertas   Envío de titulares    Página de inicio
PORTADA ÚLTIMA HORA ECONOMÍA DEPORTES OCIO CLASIFICADOS SERVICIOS CENTRO COMERCIAL PORTALES
OPINIÓN
ARTÍCULOS
Derecho y autodeterminación
Es el reconocimiento del derecho de autodeterminación, como dice el nacionalismo vasco, la solución única al llamado conflicto vasco? ¿O es esta, como ha respondido el ministro Jordi Sevilla, una cuestión que sólo sirve para alimentar un debate estéril? De ser algo la autodeterminación es, en primerísimo lugar, una cuestión de hecho que sólo con posterioridad se convierte, y no siempre, en cuestión de derecho. La aceptación por la Unión Europea del referéndum de autodeterminación en Montenegro, esgrimido por el lehendakari como mentís a unas declaraciones anteriores del presidente Zapatero en las que negaba la existencia del derecho de autodeterminación, es un excelente ejemplo de lo que acabo de señalar. Ibarretxe destacaba la ausencia de «dramatismo» con la que se está planteando el debate en el caso de Montenegro, deseando que pronto ocurra lo mismo en Euskadi. ¿Ausencia de dramatismo? Supongo que todas y todos recordamos los terribles acontecimientos ocurridos en aquellas tierras hace escasamente una década, sin los cuales no puede entenderse la situación actual.

Las reivindicaciones nacionalistas se han visto siempre condicionadas por la tendencia a la estabilidad del orden internacional de los Estados, un elitista club que ha aceptado la aparición o la desaparición de Estados sólo cuando convenía a alguno de los socios más influyentes o, simplemente, cuando tal modificación ha sido fruto de acontecimientos dramáticos. El principio de autodeterminación se ha supeditado a un principio mucho más pragmático: ya sea por debilidad interna del grupo nacional en cuestión, ya por negativa del sistema internacional de Estados, en un momento histórico determinado sólo algunas naciones llegan a constituirse en Estado. No todos los nacionalismos pueden verse realizados en todos los casos y al mismo tiempo; la realización de unos significa, necesariamente, la frustración de otros. Extraña manera de interpretar un derecho que, de serlo, habría de ser realmente universalizable. Pero así han sido las cosas. No es que las cosas deban ser así: no hay nada de natural ni de intrínsecamente moral en la arquitectura estatonacional; simplemente, son así de hecho.

¿Quiere esto decir que el camino hacia la autodeterminación está cerrado? No, aunque este es otro debate, en el que habrá que entrar. Y sería bueno que cuando lo hagamos tengamos en cuenta lo dicho por Michael Ignatieff, politólogo en Harvard, que desde enero ocupa un escaño en el Parlamento canadiense en las filas del Partido Liberal: a) que cuando convertimos nuestras demandas políticas en derechos -el de autodeterminación es un buen ejemplo-, existe el peligro de plantear un problema irresoluble, ya que lo característico de los derechos, al menos tal como los entendemos comúnmente, es que son innegociables; y b) que el principal compromiso moral que implican los derechos no es el respeto idolátrico, sino la deliberación.

Así pues, ¿es la autodeterminación un derecho fundamental? Yo creo que no, pero lo más importante es que lo hablemos. Sin dramatismos, sí, pero también sin idolatrías. i.zubero@diario-elcorreo.com



Vocento