El Correo Digital
Domingo, 5 de marzo de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
Que nos cuiden las mujeres
Hace un par de semanas felicitamos al hermano de una amiga por su reciente paternidad. Después de dos hijos, era de nuevo padre; y por fin, lo era de una niña. «Es preciosa, es guapísima; se parece a su madre, se parece a mí », repetía, embelesado, y quienes acompañamos a su hermana sonreímos ante la desbordante ilusión de aquel hombretón mientras señalaba hacia la bolita arrugada y respingona que, inquieta en el regazo de su madre, buscaba, sin duda, el contacto y el alimento materno.

Ciertamente, ambas mujeres componían una escena idílica, pero aquel tipo, el padre de la criatura, rompió el encanto del momento con una astracanada: «¿Por fin tengo una niña que me cuide; ya no me llevarán al asilo cuando sea mayor!». Como nadie le rió la gracia, supongo que abochornado, se retiró a sus cuarteles de invierno y los y las presentes recuperamos de nuevo la ternura mágica de la situación.

La imagen de una valiente madre que cuida de una criatura indefensa es tan extraordinariamente emotiva como cotidiana. Miles de millones de mujeres lo han hecho desde que el ser humano es tal; lo hacen ahora y lo seguirán haciendo en el futuro. Todas las personas somos dependientes y necesitamos del cuidado prójimo durante buena parte de nuestra vida. No sólo durante la infancia, también en la senectud. O en la enfermedad.

Podemos abordar el cuidado de la vida humana desde dos ámbitos, diferentes pero interrelacionados: por una parte, se trata de una responsabilidad personal, que corresponde a las personas que integran el círculo íntimo del sujeto dependiente; y por otra, se trata de una responsabilidad social, que interpela al conjunto de la sociedad y a todas sus estructuras. Intentaré aproximarme a ambos aspectos por partes.

En cuanto responsabilidad personal, el cuidado de la vida humana ha sido una tarea desempeñada históricamente por las mujeres (con lógicas excepciones, que no hacen al caso en este apunte). Aquí radica el problema, porque esa idea del cretino hermano de mi amiga - «Las mujeres nos dan la vida; las mujeres deben encargarse de nuestro cuidado»- está más extendida de lo que pensamos. Como solución, podría aplicarse lo que yo denomino 'estratagema del biombo'. Me explicaré con una anécdota, que nos remonta a Estados Unidos en la década de los cuarenta del siglo pasado.

En ese tiempo, las mujeres que integraban profesionalmente una orquesta musical en ese país se podían contar con los dedos de una mano. Nunca llegaban al 10% de la plantilla, a pesar de que en el conservatorio el número de mujeres y de hombres estudiantes era equiparable. ¿Qué sucedía? Que el cretinismo de la época -ése que tan bien representa el hermano de mi amiga- consideraba la interpretación profesional como una actividad masculina, porque presuponía una capacidad natural superior de los hombres, también en este terreno. En las audiciones para contratar nuevos talentos, casi siempre elegían a hombres. Hasta que, una vez, alguien decidió interponer un biombo en la prueba, de modo tal que permitía la audición pero no la visión de quien interpretaba. El resultado fue sorprendente (¿o no tanto?): la mitad de los candidatos elegidos resultaron ser hombres y la otra mitad, mujeres.

Bastaría con aplicar la 'estratagema del biombo' para evitar que el aspecto relacionado con la responsabilidad personal del cuidado del ser humano no recayese en exclusiva sobre el millón de mujeres que ejercen de cuidadoras familiares en España, donde, según el cálculo del Ministerio de Asuntos Sociales, hay 1.125.000 personas dependientes. De no haber mediado la discriminación sexual, esas mujeres podrían haber tenido, además, otras expectativas, tanto personales como profesionales.

El segundo aspecto relacionado con el cuidado del ser humano, el de la responsabilidad social, es el más determinante, porque de su resolución depende la reparación de la injusticia que sufren ese millón de mujeres cuidadoras a las que nos referíamos anteriormente.

En estos momentos en que las administraciones públicas debaten la futura Ley de Dependencia (anteproyecto de ley de promoción de la autonomía personal y de atención a las personas en situación de dependencia), nos gustaría reivindicar una ley que realmente dispusiese los medios necesarios para hacer efectiva la atención y los cuidados de los seres humanos como un derecho público y universal. Unos medios más eficaces que las meras ayudas económicas a las personas que atienden a familiares dependientes, porque estas ayudas devienen, a la larga, endémicas, y perpetúan la situación de las mujeres esclavizadas por el cuidado. Medios tangibles (ayudas a domicilio, teleasistencia, residencias asistidas, centros de día y de noche, atención especializada ) que conviertan la solución del cuidado en otro pilar del Estado de Bienestar. Y que esos medios se complementen con un compromiso colectivo de profundo calado, que implique a todas las estructuras sociales, de modo que todas y todos (personas, gobiernos, empresas ) seamos copartícipes del cuidado humano, sin que a nadie se le ocurran estúpidos chistes ofensivos en torno a este tema.



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