«No soy un ganador, pero siempre gano algo». Con esa frase, Igor Astarloa hace de sí mismo un perfil perfecto. No es un ganador: cerca ya de los treinta años, su palmarés apenas presenta una decena de victorias. Pero siempre gana algo: o la Clásica de Primavera, o la Flecha Valona o el Mundial de Hamilton..., o como ayer, la clásica más antigua, la Milán-Turín (1876). A cierta distancia, el corredor vizcaíno es un émulo de Freire. Otro ciclista discontinuo, incomprendido en su país, resignado a la emigración y, de repente, brillante. No es un ganador, salvo días como ayer.
Para resucitar tras dos largos años de lesiones y mala fortuna, Astarloa tiró de velocidad y superó a su prestigioso grupo de acompañantes: Pellizotti, Celestino y Ballan. El paquete perseguidor llegó a unos segundos, con Zabel al frente. La Milán-Turín que lleva ya el nombre de Astarloa fue trepidante. Petito y Duma compartieron una larga escapada. Hasta que el alto de Superga, una colina mítica en el calendario transalpino, extrajo del pelotón a los favoritos. Astarloa, un ciclista siempre atento, vio el camino hacia la victoria en la rueda de Pellizotti. Acertó. Otra muesca de oro para su selecto palmarés: la última databa de agosto, de la Vuelta a Burgos.
Hasta que en 2003 fijó en su currículo la Flecha Valona y el Mundial, Astarloa era apenas un dorsal del exilio, un chico al lado de Pantani. Vivía, como ahora, entre Ermua -su pueblo-, Berriz -su casa- y el Lago de Garda -su hogar italiano-. Tras colgarse el oro en Hamilton, todo giró. Vivió un año en el arco iris, un lugar para la felicidad que, sin embargo, le cambió el rumbo: su equipo, el Cofidis, se vio envuelto en un escándalo de dopaje. Se fue, acabó primero en el Lampre y luego, «por dinero», en el Barloworld, una escuadra de segunda, sin acceso a las grandes clásicas. «Ningún equipo del Pro Tour me pagaba lo que me paga el Barloworld». Y él es, ante todo, un profesional.
Como Valentín Uriona
Así, con ese maillot rojo de segunda división, superó ayer a todos los apellidos del Pro Tour. A dos años y medio de distancia de su Mundial. Casi doce meses más tarde de la fractura en la mano derecha que le ha impedido pedalear: «Llevo cinco tornillos y una placa. Y tengo un tendón que me roza en esa placa, por lo que no puedo mover bien el pulgar». En mayo, tras las clásicas, pasará de nuevo por el quirófano para casar hierro y carne. «Estos dos últimos años han sido una cruz en muchos aspectos. En parte, sí que había perdido la ilusión». Ayer la recuperó.
En agosto espera tener ya un equipo para disputar el año que viene el Pro Tour, para seguir ganando siempre algo. A la manera de Astarloa, el chico de Ermua que, cuando todos querían ser Induráin, soñaba con reencarnarse en Tchmil; el chaval de la calle Santa Ana que dominaba como nadie el patinete, la bici, la moto y hasta la tabla de surf. El ciclista listo que, como ayer, de repente gana algo. Como siempre. Como Marcos Serrano en la Milán-Turín de 2004 o Poblet en 1957. O como el único vizcaíno que le antecede en esa lista: el recordado Valentín Uriona.