El sector empresarial vasco parece haberse asentado sobre arenas movedizas. El fenómeno de la globalización ataca con fuerza y cada día son más numerosas las compañías que emigran a otros sitios -en muchos casos, fuera incluso de España- a la búsqueda de menores costes de producción o de una mayor proximidad a los clientes finales. Además, en la última década se ha producido un claro desplazamiento de los centros de decisión de los escasos grandes grupos que tiene Euskadi, cuyos cuarteles generales no han podido, no han querido o no han sabido vencer la fuerza centrípeta de la metrópoli madrileña. Por si fuera poco, la extorsión terrorista continúa, incluso se puede decir que arrecia, poniendo así su granito o su montaña de arena en el subconsciente colectivo de los empresarios, obligados a soportar que lo que inicialmente era una carrera de 100 metros lisos se convierta en otra de 100 metros vallas.
Cementos Lemona acaba de ser vendida a FCC. Hace algunas semanas sucedió lo propio con otra de las grandes, Sidenor, que pasaba a manos de la multinacional brasileña Gerdau. La Corporación IBV hace tiempo que está en proceso de 'liquidación para recoger plusvalías' . Y, aunque algo más alejados en el tiempo, también están ahí los casos de la venta de Naturcorp a una empresa asturiana y ahora portuguesa -en este caso, por obra y gracia del Gobierno vasco-, o de Bodegas Bilbaínas a Codorniu; o de Bodegas y Bebidas a la británica Allied Domecq; la de Aristrain junto con los restos de AHV a Arcelor; Kas a la norteamericana Pepsico... y un largo sin fin. Parece como si el ciclo vital de las empresas vascas de tamaño mediano y grande estuviese marcado por unos inicios tímidos, muchas veces producto de una iniciativa modesta y familia; para atravesar más tarde un desarrollo exitoso y ser vendidas a una multinacional. Salvo honrosas excepciones -el grupo Mondragón o Cie Automotive son un claro ejemplo de ello-, sobre los tejados de las compañías de Euskadi parece colgar el cartel de 'se vende' con mucha más intensidad que el de 'se compra'.
Deslocalización
Los anuncios de cierre y traslado de la papelera Virtisú, de Zalla, o de Springs-L&P, de Zamudio, toman el relevo a otros de características similares que se han producido en el País Vasco en los últimos años. La clausura de las factorías de Ericsson en Zamudio, de Hofesa en Vitoria o de Cabot en Zierbana son tan sólo la punta del iceberg de un fenómeno que no es nuevo, pero que se ha convertido en preocupante.
El diputado de Promoción Económica de Vizcaya, Ricardo Barainka, ha puesto esta semana el dedo en la llaga. En un análisis tan simple como contundente llamaba la atención sobre el hecho de que «cada vez tenemos más centros de decisión fuera de Vizcaya y eso nos perjudica y aumenta el riesgo de fuga de empresas». Otro análisis también simple, pero igualmente preocupante, permite observar que cada día son más los miembros del Círculo de Empresarios Vascos -un selecto club que agrupa a los ejecutivos de las principales compañías de la comunidad autónoma - que tienen su despacho principal fuera de Euskadi.
¿Se está quedando Euskadi sin grandes empresas o sin grandes empresarios? Es más que probable y los fenómenos Sidenor o Cementos Lemona son un buen ejemplo. Pese a ello, también lo es que la existencia de un fenómeno terrorista que se ha cebado con este colectivo ha provocado el nacimiento de una nueva especie humana: el 'empresario submarino'. Un emprendedor que huye del escaparate público, que se esconde, que jamás concede una entrevista en un medio de comunicación, que no quiere que se hable de él ni de su compañía y que incluso oculta su crecimiento detrás de un bosque de sociedades instrumentales y filiales, para evitar trasladar la imagen de que ha conseguido llegar a pilotar un grupo potente. Y, ya se sabe que lo que no se cuenta, sencillamente no existe. Este fenómeno también ha contribuido a distorsionar la percepción que hoy se tiene de la industria vasca y de sus protagonistas reales.
Algunos analistas también destacan la existencia de una especie de sentimiento de 'orfandad' en la gran empresa vasca desde que Iberdrola, y en especial el BBVA, decidieron desmantelar sus corporaciones industriales. Aquellos conglomerados, hoy prácticamente desaparecidos, permitieron trasladar la sensación de que Euskadi ocupaba un lugar de privilegio como punto de concentración de grandes grupos. Y el testigo del 'banco-tractor' con capacidad y ganas de arriesgar en la industria no parece haberlo cogido nadie. Desde muchos sectores se ha reclamado de forma insistente a las cajas de ahorros vascas que asuman ese papel, pero han pinchado en hueso. Las cajas, como los bancos, le han cogido miedo a las participaciones industriales que traspasan la línea de las inversiones puramente financieras y no están por la labor de reeditar la creación de aquellos grupos del pasado, que en los momentos de crisis se convirtieron en un auténtico quebradero de cabeza.
Centros de decisión
Pero, al margen del domicilio social de las empresas, el efecto realmente preocupante es el de la pérdida de los centros de decisión, un fenómeno en el que también esas dos grandes empresas, BBVA e Iberdrola, han sucumbido. Cada día es menor la actividad que la primera línea ejecutiva de ambas sociedades realiza en sus sedes de Bilbao.
Con los centros de decisión se desplaza también el conocimiento, y buena parte de la capacidad de compra y de generación de alianzas de las grandes compañías. Éste es el riesgo al que hacía referencia el diputado de Promoción Económica de Vizcaya. Conscientes de ello, el Gobierno vasco ha reconsiderado su política industrial o, cuando menos, la ha adaptado. Hace ya casi un año que la consejera de Industria , Ana Aguirre, anunció que uno de los elementos claves de la política industrial del Ejecutivo sería precisamente la incentivación de las fusiones, el impulso para que las empresas vascas formalicen alianzas estables que les permitan acceder a jugar en una división superior. Hace tan solo unos días, la propia consejera reconocía que tan sólo un centenar de empresas de la comunidad autónoma realizan, de verdad, actividades que se puedan considerar como «investigación y desarrollo». Y es que, por razones de lógica financiera, el tamaño de las compañías es determinante a la hora de desarrollar iniciativas de inversión en este tipo de actividades.
La tarea no es fácil. «Queremos lanzar iniciativas de fusión en determinados sectores, pero no es fácil», explica Aguirre. Nos encontramos con que cada empresa tiene su propia cultura, la que le ha dado el emprendedor que la puso en marcha. Es difícil, incluso, establecer mecanismos o herramientas desde la Administración pública para favorecer este tipo de procesos».