La historia de Lydia Cacho tiene todos los ingredientes para protagonizar una película de suspense: sexo, poder, dinero, narcotráfico, pederastia, persecución, espionaje telefónico, demandas y cárcel. Denunciada por difamación, la periodista estuvo en prisión, donde casi la violan. Ahora se encuentra en libertad condicional, pero sobre ella pende una amenazada de muerte. El final está todavía abierto.
La trama comenzó a fraguarse hace dieciocho años, cuando la reportera fundó el Centro Integral de Atención a las Mujeres (CIAM) en Cancún, el famoso balneario mexicano. Y estalló en mayo de 2005 tras la publicación del libro, un reportaje largo, 'Los demonios del Edén: el poder detrás de la pornografía'. La investigación recoge los testimonios de niñas que han sufrido abusos en los que describen a sus victimarios. Entre todos destaca Jean Succar Kuri, un hotelero de Cancún, detenido en Estados Unidos y pendiente de un proceso de extradición por abuso sexual.
En más de una ocasión, Kuri eludió la Justicia gracias, al parecer, a sus nexos con personajes poderosos del mundo del dinero y la política, entre ellos, el funcionario Miguel Ángel Yunes, el gobernador del Estado de Puebla, Mario Marín, del Partido Revolucionario Institucional (PRI) y Kamel Nacif, 'El rey de la mezclilla' (la tela vaquera), empresario maquilador de Puebla a quien varias de sus trabajadoras han denunciado por acoso sexual y, según Cacho, es donante de «millonarias aportaciones» a la Fundación 'Vamos México', presidida por Martha Sahagún, la esposa del presidente Vicente Fox.
En una entrevista al diario mexicano 'La Jornada', Cacho reconoce que sabía el riesgo que corría al publicar ese trabajo que ponía al descubierto redes de crimen organizado. El CIAM protegió a varias de las víctimas. Y gracias a ellas se pusieron denuncias ante la Justicia y se descubrió «el abuso y la prostitución de menores a gran escala» en Cancún.
Para la periodista, los «pederastas no son improvisados». «Escogen con pinzas» a sus víctimas, en «familias desestructuradas, con madres analfabetas que también son vulnerables». Está particularmente preocupada por una niña que a los 5 años fue «entregada» a Kuri. A los 10 años, «tenía genitales de una mujer adulta a consecuencia del abuso Era una niña con un perfil suicida, depresiva, anoréxica».
Se recuperó un poco mientras estuvo en el albergue, pero «la gente de Kuri la volvió a copar; se la llevaron a ella y a su mamá a Estados Unidos y las obligaron a firmar un documento en el que la niña juraba que todo lo que me había dicho era mentira. La vi en una foto reciente. Se veía ya muy mal», recuerda la reportera. Según la directora del CIAM, hay más casos de menores que, presionadas por Kuri, se han retractado.
Contactos con el poder
Cacho comenzó su batalla contra la pederastia porque tenía «información muy sólida» y «porque cuando escuché los testimonios de las niñas entendí que no podía detenerme, que eso tenía que salir a la luz pública. La fuga de Kuri me confirmó que iba en la dirección correcta y que estaba enfrentando un poder inmenso. Kuri es apenas la punta del iceberg. Para funcionar, los pederastas necesitan redes y contactos con el poder. Estas redes fueron las que se activaron para detenerme», denuncia.
Y el arresto se registró el pasado 16 de diciembre. Nacif, mencionado unas cinco veces en el libro, interpuso una demanda por difamación y la Policía detuvo a la reportera en Quintana Roo. La trasladó por carretera «en un coche viejo» hasta la capital poblana. Unas grabaciones entregadas de manera anónima a 'La Jornada' recogen varios diálogos reveladores. Uno, protagonizado por Nacif, de origen libanés, y por su paisano Hanna Nakad Bayed, alias 'Juanito' y con muchos «contactos» en la prisión del Cereso de Puebla, donde Cacho estuvo ingresada, recoge al segundo informando a su amigo de la «recomendación» para que encerraran a la periodista «con las locas y las tortilleras» para que la violaran.
La propia Lydia relató cómo al llegar al penal, tras ser revisada, desnuda y con frío, una celadora le dijo: «¿Usted es la de la tele, verdad? Tenga mucho cuidado, porque la van a violar». Sin comprender muy bien, replicó: «¿Cómo?». La policía entendió mal y le respondió «Pues con un palo». Entonces, le recomendó: «Póngase a toser, a estornudar, hágase la muy pero muy enferma para que me la pueda llevar a la enfermería». Junto a la jefa de turno, dos mujeres la agarraron por los brazos, se encararon con tres custodios hombres y la llevaron a la enfermería. «Una vez allí, me aseguraron que no me entregarían, me tranquilizaron, me dejaron descansar y cumplieron su palabra de mujer. No dejaron que me violaran», contó Lidia.
La integridad física de la periodista está ahora en manos de la Procuraduría General de la República (PGR), como solicitó José Luis Soberantes, el presidente de la Comisión Nacional de Derechos Humanos. «En México, en estos momentos, el ejercicio periodístico es una profesión de alto riesgo», advierte Soborantes, para quien ha quedado demostrado la existencia de un «complot» contra la especialista en violencia de género. «En Puebla, la Justicia se aplica para fines inconfesables», denunció.