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Domingo, 5 de marzo de 2006
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OPINIÓN/Queridos
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Enternecedora. Buscaba una palabra para definir la visita asiática de Bush que no fuera exitosa, positiva o productiva y decidí que, sobre todo, había sido conmovedora. Observé lazos de tierna amistad entre los socios del club nuclear, y me dije: la Humanidad puede dormir tranquila sabiendo que estos animosos sembradores de uranio enriquecido se llevan como hermanos, miembros de cualquier inocente unión de agricultores.

Por ejemplo, India se ofrece a ser inspeccionado en las actividades civiles de sus prácticas atómicas. Esto es, en la fabricación de palos de cricket y piscifactorías para la recría de trucha arco-iris. Mientras, Pakistán se muestra dispuesto a seguir buscando a Bin Laden, como se sabe una de las aficiones de caza mayor de la Administración norteamericana. Y ambos, juntos y por separado, se juran odio eterno, con lo que, de paso, se nos garantiza que en uno de sus cabreos homéricos causen una explosión universal que nos lleve a todos al infierno.

Yo, que me jacto de ser simple, no he logrado entender cómo uno debe alegrarse del contento de quienes de manera unilateral, y obvia, se reúnen para establecer formas de cortesía que permitan, educadamente, reventar al resto.

Pero las credenciales de bonhomía, las concede el patrón (EE UU) con ese rigor que le hacía percibir hasta ayer a India como un pirata que sólo respeta a los rumiantes. Y desde ayer, con el despertar de China y el islamismo (se trata del segundo país después de Indochina con mayor número de musulmanes), lo vean como aliado irreprochable. A Musharraf le están dando premios desde lo de Afganistán, vigila la frontera para que no se cuele por ella el alado motorista mulá Omar, un equino particularmente feroz y escurridizo.

El contento es generalizado en las cancillerías. Aprecian que se instale en el confín del mundo un bocado que detenga la cabalgada del mundo del turbante, sin Papa que lo remedie. Irak y Afganistán enseñan que así debe ser, mientras la inteligencia americana extrae el ADN de Sadam para proceder a su clonación e implantarlo por todo el orbe infiel. Convencidos de que ese simple, vanidoso y nepótico histrión contenía la marea integrista como una represa y achicaba los excedentes fanáticos en sobrecogedoras cuevas, manteniendo a raya al embrutecido mundo de los ayatolás iraníes.

Con toda la cara se reparten credenciales atómicas y nos asiste un contento íntimo: que ya sólo nos puedan volar las pelotas nuestros amigos. Item más, la constatación de que somos queridos en Oriente, donde las buenas gentes se matan, literalmente, por insultarnos. Y aún se nos dicen que éste es el mejor de los mundos posibles. No te jode...

j.l.penalva@diario-elcorreo.com



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