La convención nacional del PP dedicó su segunda jornada a analizar la política de oposición de Mariano Rajoy y sus perspectivas de futuro en lo que resta de legislatura. El secretario general, Ángel Acebes, y los portavoces parlamentarios intentaron convencer a los tres mil dirigentes reunidos en Madrid de que el centrismo y la moderación son compatibles con una defensa leal y sin complejos de los valores que siempre ha proclamado el partido.
Ante este dilema entre la radicalidad y la moderación, el 'número dos' del aparato popular resolvió que se puede ejercer una oposición «con ambas cosas a la vez». Reconoció que algunos les piden que sigan siendo cada vez más fieles a los principios que siempre han defendido. Pero dijo también que otros reclaman un PP más centrista y moderado. Una controversia interna que se vio claramente reflejada en los sucesivos discursos del cónclave.
En línea con los planteamientos defendidos el pasado viernes por Alberto Ruiz-Gallardón, el portavoz del Senado, Pío García-Escudero, pidió que el PP haga un «uso sereno de la razón» como «antídoto» a la «ansiedad» del Gobierno socialista, al que atribuyó un gran «afán de crispación», desconcierto y obsesión con el pasado. Con un planteamiento similar, señaló que el PP no debe «caer en la trampa» de incurrir en el catastrofismo o dejarse llevar por la inercia, sino sumar alternativas a las críticas al Gabinete de Rodríguez Zapatero.
Acebes dedicó una parte de su discurso a hacer planteamientos de igual naturaleza conciliadora. Explicó que su formación debe aportar políticas concretas para cambiar las cosas y construir el futuro sin arreglar cuentas con el pasado ni actuar «como nietos». «Nosotros no arrastramos nostalgias, ni rencores, ni amarguras -proclamó-. No tenemos cuentas pendientes con la historia ni con nadie». Desde esta perspectiva, propuso mirar atrás sólo para aprovechar la experiencia acumulada.
Sin embargo, olvidó poco después esta afirmación para recordar la derrota electoral en 2004. Dijo que su partido fue víctima de una «campaña feroz» de acoso y derribo por parte del bloque socialista, que, a su juicio, lo quiso identificar con la derecha extrema y con el golpismo. «Han arrojado sobre nosotros toneladas de mentiras e insultos -se lamentó-. Nos han llamado asesinos, querían que interiorizáramos las culpas que injustamente nos imputan». Con el objetivo, abundó, de intentar quebrar la moral del PP para que renunciara a volver al poder y se conformara con permanecer como una «permanente oposición» que sea «dócil y sumisa».
Riesgos
Con él coincidió el portavoz en el Congreso, Eduardo Zaplana, quien insistió en los intentos del aparato socialista por convertir al PP en un partido «prescindible» y sin posibilidades de gobernar. «Pero nosotros no vamos a dejar que sean los radicales los que nos digan si somos o no demócratas», afirmó el diputado, antes de dirigirse directamente al secretario de Organización del PSOE: «A estas alturas, Pepiño Blanco no da ninguna credencial».
Jaime Mayor, como responsable del grupo popular en el Parlamento Europeo, recogió el testigo de sus compañeros de filas en el atril y defendió la oposición desempeñada por el partido en los últimos dos años. Tras justificar la política crítica y la línea de dureza empleada contra los socialistas, «en defensa de los intereses de España ante los riesgos que entraña el Gobierno de Zapatero», prometió que «no vamos a hacer dejación de nuestra responsabilidad».
«Cuando vivimos una ofensiva nacionalista sin precedentes en nuestra historia democrática, impulsada por ETA en Estella y Perpignan, no se puede actuar como si no existiera», alegó Mayor Oreja, quien apuntó que el PP no puede «enmudecer» ni «ocultar la realidad», porque lo contrario «no sería centrista; sería un suicidio, una estupidez».
Los oradores de la segunda jornada de la convención intentaron hablar del futuro aunque sin prescindir del pasado. El que fue más lejos a la hora de recordar asuntos pendientes fue el portavoz en el Congreso, que comprometió la dedicación de su grupo parlamentario al esclarecimiento de los atentados del 11-M. Tras calificar de «dramático» el cambio que tuvo lugar el 14 de marzo de 2004, dijo que seguirá «haciendo lo que esté en nuestra mano para que se conozca la verdad» de los atentados del 11-M, porque «es lo que nos exige la memoria de las víctimas y es lo que quiere la inmensa mayoría de los españoles».