El barrio bilbaíno de San Francisco se transformó en la madrugada de ayer en un auténtico infierno. Cuatro hombres murieron -tres de ellos intoxicados por inhalación de humos y un cuarto abrasado-, al incendiarse una pensión social. El fuego, cuyas causas se están investigando, se inició alrededor de las dos y veinte de la madrugada en el salón de La Posada de los Abrazos, en el número 34 de la calle San Francisco, gestionada por una ONG que acoge a personas en situación de exclusión: gente sin hogar, maltratadas, con adicciones o enfermedades mentales. Una decena de los 39 vecinos desalojados recibieron asistencia médica en el lugar, mientras que otros dos fueron trasladados al hospital de Basurto, donde se les dió el alta a lo largo de la mañana de ayer. El Ayuntamiento realojó en albergues y hoteles a una treintena de afectados.
En los primeros momentos del incendio se vivieron escenas dramáticas. Algunas personas, presas del pánico, se descolgaron con sábanas por los balcones para escapar de las llamas. Otros se asomaban a las ventanas pidiendo auxilio a gritos y con gestos desesperados. «Ha sido el incendio más duro de mi vida», confesaba el sargento de los Bomberos que lucharon contra las llamas, avivadas por fuertes rachas de viento sur casi cuatro horas.
El fuego devoró dos de los cinco pisos del inmueble, construido hace más de 100 años y con estructura de madera. La escalera interior de la pensión, que ocupaba dos alturas -tercero y cuarto- actuó como el tiro de una chimenea y extendió las llamas al piso superior. Los fallecidos fueron tres de los 14 inquilinos que en ese momento ocupaban el alojamiento social -dos en el cuarto izquierda y uno en el tercero de la misma mano-, y el vecino del cuarto derecha, indicaron fuentes municipales. A falta de confirmación oficial, Interior identificó a tres de las víctimas como Félix M.S., de 59 años; Miguel Ángel C.C., de 64 y Agustín S.B., de unos 30.
«Un laberinto»
Cuando se desató el incendio, la mayoría de los residentes dormía. Las habitaciones de la pensión tenían cerraduras en las puertas, los inquilinos cocinaban con hornillos en el interior, aunque está prohibido fumar. Una familia boliviana del inmueble contiguo fue de las primeras en despertar. Al oler a quemado y ver el humo, Esteban y Abraham saltaron de la cama, cogieron un extintor y corrieron escaleras arriba hasta el tercer piso. «¿Fuego, fuego!», gritaron. «Como siempre hay jaleo, pensé que había una pelea. Cuando fui a abrir ya estaba el fuego en mi habitación. Se quedó todo dentro, pero yo me salvé», relata uno de los supervivientes. La mujer de Esteban, Virginia, desesperada y nerviosa, no recordaba el número de las emergencias (112) y marcó el 092, mientras varias mujeres le pedían desde los balcones que avisara a los Bomberos. El calor provocaba el estallido de los cristales de las ventanas. Al escuchar las «explosiones», Virginia se asustó, cogió a su hijita Abigail, de dos años, y salió despavorida. «A los otros no les dio tiempo a escapar, por eso han muerto», sollozaba la joven horas después de la tragedia.
Algunos huían de las llamas con maletas en las que guardaban sus pertenencias más queridas. Encontraron refugio en la calle. La noche era cálida, el termómetro marcaba 14 grados, aunque el viento dibujaba un escenario desapacible. «Cuando llegamos, el fuego era gigante, muy violento. Las lenguas de fuego salían por las ventanas y había gente que saltaba», describía Alberto, sargento de guardia del parque de Bilbao. «Según subíamos, íbamos echando agua, sacando a gente y encontrando a las víctimas, todo a la vez». Tres personas fueron rescatadas con la escala. «Era un laberinto, de la cocina salía otro pasillo y más habitaciones... Había falsos techos de madera y escayola. Algunos compañeros se cayeron». La extinción resultó complicada. «Hubo un momento en que lo tuvimos casi controlado, pero el viento lo reavivó. El objetivo era que no llegase al tejado. Conseguimos que sólo afectara a tres pisos».
Severino y Purificación, los vecinos del quinto, quedaron «aislados» en un dormitorio. Colocaron toallas en las rendijas y pidieron ayuda a gritos, pero «nadie nos oía». Por fin, alguien vio luz en su ventana. «Nos sacaron en volandas, con una mascarilla, primero a mi parienta y después a mí», relataba ayer Severino, un cartero jubilado que vive en San Francisco desde que nació. La pareja pasó el resto de la noche en casa de una hermana. Ayer pudieron entrar en la vivienda para recuperar objetos imprescindibles: «medicamentos y las cartillas del banco».
El presidente de la comunidad, Íñigo San Sebastián, denunciaba ayer la existencia de «pensiones ilegales» en el número 34. Según San Sebastián, «de las once puertas, siete son pensiones, legales o ilegales, y casi todas incumplen la normativa» por «hacinamiento» e insalubridad. Representan, a su juicio, «un peligro» que en varias ocasiones han transmitido «a Surbisa, a la Policía Municipal y al Ayuntamiento». Por su parte, el concejal de Seguridad Ciudadana, Eduardo Maiz, indicó que el inmueble fue inspeccionado el pasado noviembre y que, «salvo alguna recomendación», no se detectó «nada grave».