Sofía y Teodosid regresaron a la calle San Francisco con lo puesto. En zapatillas de casa y bajo la lluvia. No tenían nada, sólo un móvil y la hoja que les indicaba la habitación que les había correspondido a su llegada al albergue municipal para indigentes de Elejabarri, en el barrio de Basurto. Habían pasado las horas y todavía no daban crédito a lo sucedido: «Estábamos durmiendo y los gritos nos despertaron. Lo único que pensamos fue en bajar a la calle corriendo y ponernos a salvo. Lo que vimos fue...», Teodosid calla.
Sofía y Teodosid son dos chicas de 25 años que estudian Auxiliar de Enfermería en Bilbao. Procedentes de Guinea Ecuatorial, llevaban más de siete meses viviendo en el inmueble devastado en la madrugada de ayer por las llamas. El incendio se cebó con las plantas tercera y cuarta. Ellas residían en el primero. La suerte, si es que existió, estuvo de su parte. «Todo pudo ser mucho peor», relataron.
Solucionado el papeleo de su nueva estancia, decidieron regresar a su casa, al número 34 de la calle San Francisco. Pasaban diez minutos de las once de la mañana. «No tenemos nada. Ni documentación, ni ropa... Sólo queremos subir para recoger nuestras cosas y que se solucione todo cuanto antes», manifestaron.
El centro de Elejabarri siempre se ha cuidado de evitar el curioseo de los extraños. Los de dentro saben que allí disfrutan de una intimidad imposible de violentar. Sus responsables mantuvieron ayer su hermetismo. Los afectados derivados al albergue -el resto fue a un hotel y a viviendas de familiares y amigos- salían a la calle a cuentagotas para ir a la farmacia, regresar a San Francisco o templar los nervios a base de nicotina.
Pitillo tras pitillo, Hanriette Jessia tampoco terminaba de creérselo. «Estamos hablando de cuatro personas muertas... es muy duro», acertó a decir con voz entrecortada. Procedente de Costa de Marfil, vivía sola desde hace más de un año en uno de los pisos de la primera planta, que según su testimonio también pertenecía a la pensión arrasada por el fuego. Llevaba lo puesto, lo imprescindible. «Nos han sacado los bomberos. Todo ha sido muy rápido. Cuando hemos llegado a la calle, las llamas cubrían la fachada. Ha sido terrible».
Todo ocurrió a las dos y media de la madrugada. Arropados en mantas entregadas por los servicios de emergencia, los inquilinos del inmueble vivieron el drama de la muerte muy de cerca. No fue hasta las siete de la mañana cuando fueron trasladados en taxis y turismos particulares al albergue. Para entonces, muy poco quedaba por hacer en la calle San Francisco.
«Aún no me lo creo»
Cada uno tenía su propia historia, aunque ayer todas se parecían. Grigore y Mario, rumanos, viven en el edificio en régimen de alquiler desde hace varios meses. Se llevan unos veinte años y los dos están casados. Su huida fue corta. «Por suerte vivimos en el primero», se felicitaron. Pese a todo, el miedo no escapaba de sus rostros. «Estamos bien, más tranquilos, pero no hemos podido dormir ni cinco minutos. Nunca había vivido nada así», señaló Mario.
Una de las personas más afectadas era Yolanda, una bilbaína que reside en la posada desde su inauguración. Su nerviosismo era patente. Ella vive en el tercero, es decir, a escasos metros de algo que en la noche del viernes se parecía al mismísimo infierno. «El pasillo estaba en llamas. No sé ni cómo hemos podido salir. Estamos vivos de milagro», reconoce. Pasadas las horas, a la entrada de Elejabarri, todo era confusión. «No he visto salir del edificio ni a Miguel Ángel ni a Agustín. ¿Son ellos, verdad?».
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