El Correo Digital
Lunes, 6 de marzo de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
Capuchas y aguiluchos
Aparecen de ciento en viento una mañana por el centro de una de las capitales vascas con sus capuchas y sus aguiluchos preconstitucionales, pegan cuatro gritos ridículos y se vuelven corriendo a Madrid para luego contar batallitas en una cafetería y fardar de lo que a ellos les parece todo un acto patriótico, una verdadera machada, y que sólo es una gamberrada infantiloide y cobardica porque en Euskadi hay muchos ciudadanos que, a diferencia de ellos, sí dan diariamente la cara y sus nombres y sus apellidos para defender exactamente esos mismos colores de esa misma bandera, concejales de pueblos que han visto morir asesinados a compañeros suyos durante años pero que nunca se han cubierto ni se cubrirán el rostro para defender su ideología porque saben eso: que las capuchas son para los terroristas y para los niñatos. Esto es lo que me parece realmente ofensivo de esos numeritos que la televisión oficial que tenemos recoge con un entusiasmo sospechoso y digno de mejores causas. ¿Es que esos cuatro chavales que cada varios meses se lanzan al ruedo de nuestro espacio público como maletillas vergonzantes de la enseña roja y gualda no saben que aquí hay gente que paga un caro precio diariamente por recordar el sentido de esa bandera? ¿Es que creen que tiene algún grotesco mérito ese patrioterismo pijo y dominical que se asoma un poco y sale corriendo como si le ardiera el culo? ¿No han oído nunca hablar de Miguel Ángel Blanco ni de todos los cientos de víctimas del terrorismo?

Aparecen, sí, de ciento en viento por nuestras calles para deslegitimar la causa que dicen defender y como si ese aguilucho extemporáneo y casposo que ostentan resultara hoy realmente peligroso defender en el País Vasco o de verdad ofendiera a los terroristas y a sus cómplices cuando lo que de verdad ofende a éstos y les inquieta y les inspira odio es el escudo constitucional; cuando son los valores democráticos de ese escudo los que aquí y ahora están siendo amenazados, cuestionados y negados, los que resulta arriesgado defender. ¿Qué más quisiera el mundo del nacionalismo totalitario que toda la idea de España se resumiera de veras en los valores impresentables de un falangismo rancio, en esas alitas caducas de una rala nostalgia franquista, en los grititos de cuatro ultras y en la mentalidad golpista que animó aquel 23-F que hace unos días hemos rememorado! Creíamos que todo eso había desaparecido, pero está volviendo porque hay quienes tienen demasiado interés en que vuelva aunque dicen odiarlo. Si de verdad odiasen a la ultraderecha no identificarían con ella los símbolos constitucionales sino que los harían valer porque saben que son el mejor antídoto contra los aguiluchos.



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