El Correo Digital
Lunes, 6 de marzo de 2006
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TELEVISIÓN
CRÍTICA DE TV
Sensibilidad
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En muchos aspectos, la televisión es francamente nociva para la salud, al menos para la salud espiritual. Aquello de «herir la sensibilidad del espectador», tan socorrido hace algunos años, ha dejado de ser una precaución para convertirse en un deporte. Y lo mismo vale un programa de zapeo que una teleserie cutre, un 'talk-show' donde las niñas hablan de sus tetas que una tertulia rosa donde se despelleja al invitado. Antes, uno rotulaba «este programa puede herir la sensibilidad del espectador» para precaver al público, pero ahora la etiqueta se exhibe para atraer al respetable. Un ejemplo entre mil: la deplorable exposición pública de la sub-vedette Sonia Monroi, la otra noche, en 'Salsa rosa', al calor de la afamada incontinencia hormonal de don Pepe Navarro.

El tema es de por sí bastante feo, pero el 'tratamiento' dispensado por el programa lo hizo abominable. Y es que hay algo todavía peor que la exhibición de inmundicias: la participación del público. Esta argucia siniestra, perpetrada so coartada de 'democratización', convierte al público en colaboracionista de la ignominia. Porque aquí el problema no es que la gente hable, no.

Lo malo de dejar entrar a la gente del común en los platós del telerruido es que, cuando llegan allí, no lo hacen en su condición de personas normales y corrientes, sino que por algún motivo se sienten impelidos a adoptar las maneras y poses popularizadas por los profesionales del voceo televisivo. Así descubrimos a una señora madura convertida súbitamente en imitadora de Mariñas o Pelayo, y ya se sabe que el imitador, por regla general, lo que imita no son las virtudes del imitado, sino sus defectos, como bien advertía don Jacinto Benavente.

Cioran dijo en algún lado que es imposible saber si el hombre se servirá aún durante mucho tiempo de la palabra o si recobrará poco a poco el uso del aullido. Si Cioran hubiera llegado a tiempo de conocer la televisión que se hace en España, habría muerto con la dulce tristeza de ver confirmadas sus funestas previsiones.



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