Los clásicos avisaron de su poder; los amos del mundo nos encadenaron con su porte en oro, plata o papel; vivimos para poseerlo; nos infartamos para seducirlo. Y, ahora, los bancos nos lo brindan en bandeja, a toda hora, con todas las facilidades, a voces o en seductores susurros. ¿Dinero para todos!
Jamás había visto tal profusión de anuncios ofertando préstamos ágiles y más rápidos que la luz. ¿Olvídese de las deudas, no se agobie, gaste a placer y ponga en nuestras manos el resto de su escasa vida! La vida carece de sentido si no se gasta, si no se compra algo, lo que sea. A cambio de sus compras, le quitamos años, le prestamos el cuerpo de Venus y el rostro de las diosas, lo conducimos al Paraíso, en coche o en sueños. Vivimos agotados por consumir.
Consumimos bichitos en los yogures para que nos funcione el intestino; ponemos a dieta de aloe a las vacas para que su leche, en caso de serlo, nos ayude a mantener la cintura; compramos aparatos y hasta ropa que nos convierten en modelos de pasarela; cambiamos de coche cada temporada; vamos del pisito al adosado y de la barbacoa en sábado a las vacaciones en lugares de ensueño. Si no sigue las reglas, usted, yo, todos, no somos nadie.
Y para estar en esa onda de órdenes consumistas hipotecamos el sueldo, la vida, el presente, el futuro y hasta el sitio en el cementerio. Cuando a usted ya no le quede ni una gota de sangre que poner sobre la mesa del banco, ellos le ofrecen reagrupar sus deudas en otra mayor a cambio de su alma. Pero no se lamente, está usted comprando la felicidad.
Shakespeare propuso, en 'El mercader de Venecia' el ripio imposible del prestamista: el aval del préstamo eran unos gramos de corazón; el juez decide, para salvar al insolvente, que corte la carne pero se libre muy mucho de derramar una sola gota de sangre. Aprendieron pronto los nuevos dueños del dinero, o sea del mundo, han conseguido aquello imposible para el avaro prestamista de Venecia, a saber, arrancarnos un cuartillo de corazón sin derramar ni una gota de sangre. Ésa, la sangre, ya la habíamos goteado en cada préstamo firmado. Les habíamos entregado la libertad para elegir con cada firma.
Ya saben, somos lo que debemos. Cuanto mayor sea el montante, más importantes somos. Mientras, la publicidad continúa bombardeándonos con el mandato imperativo de solicitar un nuevo préstamo, de aplazar, por unas horas, unos días, unas semanas, la cita con el verdugo.