Corría el año 1974 cuando se publicó en España 'La mística de la feminidad', de Betty Friedan. Aunque el libro fue publicado once años antes, la sorpresa de las españolas fue mayúscula al comprobar que desde Estados Unidos venía una obra en la que se hablaba del «problema que no tiene nombre».
Aquí sabíamos de lo que hablaba en su libro, porque el franquismo había supuesto para las mujeres de nuestro país la vuelta al hogar: desaparición de la educación mixta, prohibición de estudiar determinadas carreras, carencia de derechos básicos en materia de reproducción, así como una dependencia absoluta del padre o del marido, pero pensábamos que las mujeres estadounidenses, con tantos años de lucha por la igualdad a sus espaldas, nos llevaban siglos de ventaja.
El libro recogía el descontento de las mujeres norteamericanas de clase media que, incapaces de desarrollar su personalidad, se encontraban frustradas. «Es mi tesis -nos dice la autora- que, del mismo modo que en la época victoriana no se permitía a las mujeres aceptar o satisfacer sus necesidades sexuales básicas, tampoco nuestra época permite satisfacer su necesidad básica de crecimiento como ser humano, una necesidad que no se limita exclusivamente a su papel sexual».
Betty Friedan afirmaba que las mujeres estadounidenses habían sido engañadas por sociólogos, psicólogos y psicoanalistas que defendían que la educación convertía a las mujeres en menos femeninas y que argumentaban que las mujeres cultas estaban menos capacitadas para las relaciones sexuales. Según ella, cuando más desarrollada estaba una mujer intelectualmente, más activa era sexualmente. Pero lo fundamental del libro era que cuestionaba la figura del ama de casa en exclusiva: «Es urgente comprender que la misma condición de ser ama de casa puede crear en las mujeres un sentido de vacío... y de nulidad. Hay facetas del papel de ama de casa que hacen casi imposible que una mujer de inteligencia plenamente desarrollada pueda conservar el sentido de su individualidad, el firme núcleo de su ego o de su 'yo', sin el cual cualquier ser humano, sea hombre o mujer, no está verdaderamente vivo». Más adelante añadía: «Sólo cuando se permita que las mujeres usen toda su fuerza, se desarrollen plenamente todas sus facultades, podrá ser destruida la mística de la feminidad. (...) Y la mayoría de las mujeres ya no puede utilizar toda su fuerza, alcanzar el total desarrollo de su personalidad, siendo amas de casa».
En esa línea, se preguntaba: «Pero, ¿no es su casa, en realidad, un confortable campo de concentración? Las mujeres que viven de acuerdo con el modelo de la mística de la feminidad, ¿no han quedado aprisionadas dentro de las estrechas paredes de sus hogares? Es el hecho de que las mujeres no tengan su propia personalidad lo que hace que la sexualidad, el amor, el matrimonio y los hijos parezcan ser las únicas y esenciales realidades en sus vidas».
Su propuesta, por tanto, era clara: las mujeres debían desarrollar todas sus potencialidades como seres humanos, potencialidades que la mística de la feminidad ignoraba. Nada que objetar, pues, a su tesis.
Pero cuando nueve años después se editó 'La segunda fase' (hay que tener en cuenta que para la autora casi pasaron veinte años entre una obra y otra), nos pareció que ya no era la misma. Vimos en ella a una mujer preocupada por el rumbo de los acontecimientos y asustada por los cambios que las mujeres estadounidenses estaban llevando a cabo. Nos pareció que decía algo así como 'hemos ido demasiado lejos'. En el libro explica una y otra vez que cuando la National Women's Organization (de la que ella era fundadora) hablaba de igualdad, no estaba proponiendo la destrucción de la familia: «La polarización política entre feminismo y familia fue predicada y manipulada por extremistas de la derecha, y en esto se conchabaron, quizás no de manera deliberada, dirigentes feministas y liberales o radicales». Según ella, «el que las feministas abandonen a la familia en manos de la reacción es el mismo tipo de error político que cometieron los liberales y los radicales al dejar el individualismo en manos de la derecha». Con respecto al aborto, aclaraba que no es que estuviera a favor del mismo, sino a favor del «derecho a decidir» de las mujeres. Como tesis general defendía que como los hombres estaban cambiando (en Estados Unidos existían ya movimientos de hombres por la igualdad) y las necesidades de hombres y mujeres convergían, quizás esta segunda fase no requiriera un movimiento femenino, sino que los hombres podían ser la punta de lanza del movimiento por la igualdad.
Tras la muerte de Betty Friedan, he vuelto a leer aquellas frases, y tengo que reconocer que hoy las veo de distinta forma que hace veinte años. Ya no me parecen retrógradas, sino ingenuas, sobre todo después de haber leído 'Reacción', de Susan Faludi. Faludi nos dice que pertenece a una generación que habla de postfeminismo, porque considera que los derechos de las mujeres ya se han alcanzado, pero la realidad muestra lo contrario. Según ella, la reacción antifeminista es manifiesta en todos los ámbitos de la vida social estadounidense, ya sea en los programas de los políticos, en la psicología popular, en las proclamas pro vida o en la política laboral de las empresas. Sin olvidar los medios de comunicación, el cine y la publicidad. En una palabra: que en Estados Unidos desgraciadamente hay poco de esa segunda fase que anunciaba Betty Friedan.