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Jueves, 9 de marzo de 2006
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Cucaracha
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Esa niña de cinco años reventada a golpes por 'el compañero sentimental'de su madre. Escucho en un bar los indignados comentarios de un grupo sobre ese tipo de monstruos que desfilan sin cesar en las noticias. Alguien dice: «¿cómo proliferan las cucarachas!». Habría mucho que aprender de las cucarachas. Incluso merecerían estos asquerosos bichos un poco más de atención. Se sabe que resisten a todo, hasta a un cataclismo nuclear. Fueron los primeros seres vivos en renacer de las cenizas de Hiroshima, seguidos por los escorpiones aunque se desconocía que pueden salir indemnes tanto de un proceso de congelación como de una cocción en un horno microondas. No se encuentra explicación a esta resistencia. No contentas con sobrevivir, se multiplican con una cadencia infernal: en una gran ciudad tocaríamos a un buen número de cucarachas por habitante; un solo huevo contiene 20 y tarda veintiún días en abrirse para dejar salir a las recién nacidas que irrumpen en el mundo tan campantes aunque la mamá cucaracha esté muerta desde el primer día, aplastada por una suela vengadora.

Las cucarachas están por todo el planeta. Cogen a menudo el avión, transportadas en una maleta o en un zapato y a la llegada a donde sea que lleguen se mezclan sin problemas con las autóctonas. Alimentan las metáforas más repugnantes. Sin duda, se remontan a la más lejana antigüedad y tienen porvenir por delante a pesar de las plagas, venenos y exterminadores de toda suerte que les esperan a la salida del motor de la nevera y demás fétidos escondrijos. Encantadoras. Han seducido a cineastas, a fotógrafos, escritores, fascinados por esa sociedad infatigable de individuos que rehúyen la luz, un aliciente para todo artista que busca desentrañar el lado oscuro de la vida; cubiertas con un magnífico caparazón de guerrero, bien escondidas, ¿serán felices?... Resistentes a las peores pruebas, de la misma forma que las cucarachas ocupan las rendijas de los hogares tenemos sobre ellas instalada una imagen inalterable en un rincón del cerebro que las refleja como parias e inmundas criaturas, ligadas a la repugnancia, al asco, a la podredumbre, a la fobia. Las hay humanas pero se confunden con los humanos que tienen alma.



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