El eco de un golpe en la mesa ha tardado casi once años en llegar a su destino. Fue en 1995. Cuatro voces sentadas: Patxi Vila, entonces ciclista amateur; Paco Aiestaran, su preparador físico; Esteban Gorostiaga, su médico, y Óscar Guerrero, entonces director del Caja Rural y hoy del Kaiku. Tabla redonda y un objetivo: Patxi tenía que ser profesional. La cruzada conquistó en 2000 la bandera del Banesto y luego la del Lampre. Pero quedaba algo por estrenar: el palmarés. Eso fue ayer, en la primera etapa de montaña de la París-Niza y a lo grande. Por delante del nuevo líder, Floyd Landis, y con el eco de aquel viejo golpe rebotando en el puerto de la Croix de Chaubouret.
La tercera etapa fue el tercer día de frío. Los ciclistas, magros, lo notan. Los puertos de ayer sacaron a relucir muchas debilidades y también desvelaron a los fuertes. Lo hizo la Croix de Chaubouret, una cota de segunda en el Tour de 1999 -ganó Dierckxsens- y de primera en la París-Niza. «No estaba seguro de que la última subida fuera tan dura como para hacer diferencias», dijo Landis, reciente ganador del Tour de California. Tuvo suerte: se equivocó.
El puerto dejó en cabeza a cinco corredores: Landis, Vila, Samuel Sánchez, Frank Schleck y Colom. Detrás, a 200 metros, les veían Azevedo, Rubiera, Zubeldia, León Sánchez, Caucchioli y Schumacher. La París-Niza se resumía en ellos. El Euskaltel-Euskadi, con Samuel y Zubeldia, reforzaba su metamorfosis. El equipo naranja ha vuelto. El resto de los participantes pagaba la tasa del frío y de las seis cotas del día. La etapa, además, resultó un día sin tregua, cosida a ataques como los de León Sánchez, Botcharov, Aitor Pérez Arrieta y Koldo Fernández de Larrea. A ese cóctel que mezcló velocidad, dureza y cunetas de nieve, la Croix de Chaubouret puso la guinda. Landis, un ciclista que acudirá al Giro para luego tratar de prolongar el dominio estadounidense en el Tour, dijo pronto en alto que era el más fuerte. Sólo Vila pudo escucharle de cerca. El navarro (Bera de Bidasoa, 30 años), sin aún saberlo, iba a ser la mitad del dúo perfecto. Schleck, Samuel y Colom se desgajaron del quinteto. Apenas cedieron unos segundos en el alto, pero letales para ellos.
Vila y Landis estaban condenados a entenderse en los 19 kilómetros que caían hacia Saint Etienne. Para el americano, la general, y para Vila la etapa. La primera. De ahí el descorche de alegría al cruzar la meta. «Mi modelo es Rubiera, el mejor gregario del mundo», repite el navarro. Es su trabajo: antes guardaespaldas de Simoni y ahora de Cunego. Un especialista, uno de los mejores. Ayer, sin espalda que atender le puso cara a un eco.
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