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Jueves, 9 de marzo de 2006
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DEPORTES
ANÁLISIS
Que no llore Prieto
Que no llore Prieto
Luis Prieto.
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Desde que Javier Clemente anunció que Luis Prieto había roto a llorar en los vestuarios del Sánchez Pizjuán me persigue la imagen del central de Dima hecho un mar de lágrimas. Supongo que hay varias razones para ello. Una, sin duda, es que Prieto, aparte de un magnífico profesional, es una de las mejores personas que uno ha conocido en el mundo del fútbol y no se merecía en absoluto ese mal trago. Para empezar, porque su error ni fue tan aparatoso ni fue suyo en exclusiva. En la dichosa jugada del 2-1 también fallaron otros, empezando por el linier, que no señaló el fuera de juego de Kanouté.

Pese a todo, lo peor del llanto de Prieto es lo que tiene de síntoma, de revelación dolorosa del estado de angustia en el que se encuentra el Athletic. Ya nadie se atreve a negar la evidencia de que los rojiblancos son un equipo deprimido y desmoralizado, un alma en pena. La discusión a estas alturas tiene que ver con las causas de esta histórica depresión y con sus posibles soluciones. El entrenador lo tiene claro. La solución es seguir confiando en él. ¿Y la culpa del desastre? La culpa es repartida, según Clemente. La tienen los sistemas de juego del pasado reciente; los jugadores de la plantilla, cuya calidad no es para echar cohetes; la ausencia de Ezquerro y de Del Horno; y, por supuesto, La Prensa, ese ente diabólico que, lejos de animar como una buena charanga, se dedica a desanimar vilmente a los muchachos.

Sin embargo, cada día son más los aficionados convencidos de que el verdadero problema del Athletic, la causa última de sus actuales sufrimientos, tiene que ver con una perniciosa obsesión que le está minando y confundiendo hasta límites insospechados desde comienzos de temporada. Hablamos de la obsesión de sus dos entrenadores -primero Mendilibar y luego Clemente- por convertir a este equipo en lo que no puede ser: una coraza, un bloque bien armado, impermeable y lleno de oficio en su retaguardia.

La pretensión de ambos surge tanto de la buena voluntad -nadie lo pone en duda- como de una viejísima tentación que parece invencible para los entrenadores de fútbol: la de considerarse más capaz o más listo que su predecesor en el cargo. Por lo visto, ni a Mendilibar ni a Clemente se les ocurrió pensar que si el Athletic venía jugando como lo hacía en las últimas temporadas, si era un equipo impredecible y manirroto cuyos partidos se llenaban de goles en ambas porterías, ello no se debía a una cuestión de gusto. No es que a Heynckes o a Valverde no les gustaran los equipos bien armados atrás. ¿Qué técnico con dos dedos de frente y un mínimo de apego a su corazón no vende su alma al diablo por una gran defensa que rentabilice al máximo sus goles y le ahorre sobresaltos? No. Lo que ocurría es que los dos comprendieron rápido que las virtudes de su plantilla tenían mucho más que ver con su capacidad de hacer goles que con la de evitarlos. Era, pues, cuestión de adaptarse a los jugadores y dejar que éstos expresaran su personalidad.

Desde luego, esto no significaba que no hubiese que trabajar a destajo para intentar mejorar la defensa. Tanto Heynckes como Valverde tuvieron pesadillas y sudaron sangre en ese objetivo sin acabar de conseguirlo. Eso sí, nunca lo hicieron a costa de olvidar el primer mandamiento: el del gol. Y eso es lo que nos está ocurriendo. El primer mandamiento ha cambiado y así nos luce el pelo. Que nadie se engañe. El verdadero problema del Athletic no es que tenga el defecto que ya tenía -en líneas generales, la defensa está rindiendo al mismo nivel que en anteriores campañas- sino que ha perdido de una forma violenta y absurda la gran virtud de la que disfrutaba. Las cosas como son: si hay jugadores en la plantilla con motivos para llorar son los que juegan del centro del campo hacia delante. Ahí están las cifras. En San Mamés, por ejemplo, no se llega ni a un gol por partido. Algo inaudito. Volvamos, pues, ante el Cádiz a utilizar nuestras armas, las que llevan en silencio toda la temporada. Y que Luis Prieto no llore que la culpa no es suya.

j.agiriano@diario-elcorreo.com



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