El incendio de San Francisco es uno de esos asuntos que muy bien podrían servir de arranque a una serie como CSI, que es el acrónimo de Crime Scene Investigation, esa producción estadounidense que dan en Telecinco los lunes por la noche, o, mejor aún, de argumento para una novela de Ross MacDonald.
Como saben todos ustedes, el fuego comenzó a las dos de la mañana del sábado pasado en el salón de una pensión regentada por una ONG en el número 34 de la calle San Francisco. 'Posada de los Abrazos', se llamaba aquella fonda orientada hacia la atención de personas en situación de exclusión social, un nombre que exuda utopía y parece propicio para fomentar el entendimiento y la concordia de las civilizaciones.
El domingo a mediodía, Bilbao abría la crónica negra de todos los informativos de televisión: entre los restos del incendio se hallaron cuatro cadáveres. Tres pertenecían a inquilinos de la Posada de los Abrazos, pero el cuarto era un vecino: el propietario de la mano derecha del cuarto piso. La sorpresa ha llegado con la autopsia, porque el interfecto, según ha revelado el examen forense, llevaba muerto dos días cuando se produjo el incendio. Quiere la tradición que las sorpresas, como las desgracias, nunca vengan solas, porque el siniestro ha destapado la existencia de multitud de pensiones clandestinas en las que se hacinan inmigrantes ilegales a los que se explota cobrándoles cantidades que ellos no están en situación de discutir.
Los vecinos se quejan de que la mayor parte de las once puertas de la escalera, siete, corresponden a pensiones no declaradas y que ya habían denunciado los hechos en los meses de octubre y noviembre. En opinión del alcalde, el Ayuntamiento no puede intervenir «en el follón de la escalera», lo que no parece del todo exacto. La ordenanza sobre actividades molestas, insalubres, nocivas y peligrosas no es aplicable a las empresas de hostelería por lo general. Pero sí lo es si se acumulan basuras, hay ruidos o se pone en peligro la seguridad del edificio. s.gonzalez@diario-elcorreo.com