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Sábado, 11 de marzo de 2006
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ECONOMÍA
ANÁLISIS
Vendemos poco fuera
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Nunca he sido capaz de desentrañar el meollo central y los contenidos últimos de las estadísticas del comercio exterior de una región o país, como el nuestro, tan íntimamente ligado con su entorno y con tal cúmulo de actividades entrecruzadas. ¿Cómo debemos contabilizar las importaciones de crudo de Petronor si luego la gasolina aquí refinada alimenta coches en Burgos? ¿Qué consecuencias debemos extraer si aquéllas bajan o si suben?

En cualquier caso, sí se pueden aventurar algunas conclusiones con sentido. La primera es que las exportaciones han crecido a un ritmo bastante triste del 5,2%. Una cifra pobre tanto si se compara con la alcanzada el año anterior, que fue tres veces mayor, como con la tasa de aumento del comercio mundial, que fue sensiblemente más elevada, lo que indica una pérdida de cuota relevante. La segunda es que el saldo comercial de la economía vasca se ha convertido en negativo por primera vez desde 1992; una circunstancia, ciertamente condicionada por el tremendo aumento del precio del petróleo, pero también muy desagradable y sintomática.

Si unimos ambas cosas, comprobaremos que el mal que nos aqueja en la industria, y que se llama perdida de competitividad, no es una entelequia propia de espíritus catastrofistas y de tristes mentes agoreras, sino una dolorosa realidad estadísticamente fehaciente. El País Vasco ha sido siempre un gran productor y un eficiente exportador de bienes y también de servicios. Su estructura económica ha cambiado en muchos aspectos y, casi siempre, para bien. Pero no es éste el caso. Cuando cambie el ciclo, que cambiará algún día, es posible que nos acordemos de los benéficos efectos que tenía sobre la actividad el tirón de la demanda externa para completar las carencias de la interna. Y entonces comprobaremos lo difícil que resulta recuperar los mercados perdidos.

i.m.gardoqui@diario-elcorreo.com



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