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Domingo, 12 de marzo de 2006
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VIZCAYA
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De piedra blindada
El libro 'Kortazarra. Semblanzas del caserío vizcaíno' recorre la evolución y los secretos de la cercana y singular vivienda rural vasca
De piedra blindada
MODO DE VIDA. El origen de la vivienda vasca se relaciona con el sel. / FOTOS DEL LIBRO 'KORTAZARRA. SEMBLANZAS DEL CASERÍO VIZCAÍNO'
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«El caserío es, por tanto, mucho más que un pintoresco conjunto de piedras, tejas y vigas de madera, más que una vivienda diseminada en el campo donde habita una familia dedicada a la explotación agrícola y ganadera. Es la unión de las personas con la tierra, raíz y sustento de sus moradores, su lugar de trabajo y de descanso, testigo de alegrías y penas, recuerdo de sus antepasados, templo y sepultura de quienes habitaron en él».

Para elaborar esta reflexión, el libro 'Kortazarra. Semblanzas del caserío vizcaíno', recorre primero la historia, componentes, tradiciones y futuro de esta singular arquitectura rural, que constituye uno de los documentos vivos más significativos para interpretar los usos y costumbres de la sociedad vasca. Las 215 páginas, escritas por Amaia Ocerín, ilustradas con 130 fotografías de Alberto Muro y editadas por la Diputación, repasan al detalle la que ha sido morada de los 'vascos de piedra blindada' desde hace más de cinco siglos.

Si a un vizcaíno se le pide que enumere los elementos que configuran el paisaje rural típico de la provincia y, por extensión, de todo el País Vasco, hay uno que jamás se le pasaría por alto: el caserío. El origen de este tipo de vivienda regional continúa siendo una incógnita debido a la ausencia de documentación sobre la evolución del poblamiento rural hasta el siglo XV, pero se le atribuye un cierto parentesco con el pastoreo sobre seles.

Al parecer, la quiebra de aquellas cabañas que datan del siglo XI tuvieron mucho que ver con la dispersión 'en enjambre' que caracteriza a los caseríos. Por ello, es imposible señalar uno originario, sino que lo correcto es decir que nacieron por centenares. En cualquier caso, ha quedado establecido que el tipo de vivienda rural que conocemos hoy en día surgió con la extinción del feudalismo bajo medieval.

Un hecho de vital importancia en la historia de esta construcción fue la gran revolución arquitectónica en la vertiente atlántica del País Vasco. Surgía así el caserío como forma de construir «un tipo de granja habitable que disponía de todos los servicios e instalaciones» en un solo edificio. Se trataba de construcciones de gran calidad constructiva y unas proporciones colosales, inusuales en el resto de Europa.

Este movimiento originó un cambio en la mentalidad del campesinado vasco, que abandonó la autoedificación y recurrió a especialistas, canteros y carpinteros que aplicaron sus nuevos conocimientos técnicos. Nacía así un modelo de vivienda rural exclusivo, pero con técnicas importadas.

Con la llegada de la industrialización, un buen número de caseríos se quedaron en el camino debido a un radical cambio en las relaciones de propiedad y explotación de las tierras en el País Vasco.

Si es imposible entender los paisajes vascos sin la presencia de los caseríos, éstos también pierden parte de su sentido sin la tierra en que se asientan, la llamada 'casería'. Parcelas de huerta, tierras de labranza, plantaciones de frutales y praderas para el pasto de ganado son elementos indisolublemente unidos a cualquier vivienda rural. Pero con la agricultura inmersa ahora en un proceso de renovación constante, el caserío se enfrenta a un reto diario por adaptarse a las nuevas necesidades del mercado.

Crisis y resurgir

Existen un buen número de ritos domésticos que impregnan casi todos los aspectos de la vida en el caserío, como la festiva 'txarriboda' y los que giran en torno a seres mitológicos como 'Ortzi', dios del trueno y las tormentas y a 'Egoi', dios del viento sur. Dada su relación directa con la marcha de sus cosechas, los baserritarras mitificaron el sol, los relámpagos y la luna. Por supuesto, la lista de seres fantásticos también es casi infinita: 'Basajaun', 'Basandere', 'Tartalo', lamias, duendes y brujas son algunos de los personajes que ayudaron a los campesinos vascos en sus quehaceres diarios.

El paso de una sociedad agroganadera a una industrializada provocó el éxodo rural y la acumulación de masas de población en los núcleos urbanos, que supuso la crisis de todo un estilo de vida. Muchos baserritarras vieron partir a sus descendientes hacia la ciudad y los núcleos familiares en los que ningún miembro emigró tampoco lograron esquivar la inevitable decadencia de un sistema que sufrió entonces un profundo reajuste interno. En la actualidad, los más jóvenes muestran escaso interés por afrontar el relevo generacional, «lo que pone en riesgo el futuro del espacio agroganadero vizcaíno», advierte el escrito.

Pero es ahora, en plena 'sociedad del conocimiento', cuando se vuelve a echar la vista al modo de vida del campo. «El espacio rural se convierte en espacio de gratuidad y de ocio, de vida comunitaria e integradora frente al anonimato y a la vida de obligaciones socioeconómicas de la ciudad», anota el texto.



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