LOS OBJETIVOS. Todos los equipos tienen un objetivo. Mejor dicho, todos los equipos deberían tener UN objetivo. Me refiero a que cualquier colectivo tendría que ser capaz de responder de forma común a la pregunta de cuál es el suyo. Un objetivo consensuado, aceptado y asumido por todos demostraría que cada uno de sus componentes tiene el mismo norte, la misma idea, parecida ambición, lo que seguramente hará más eficaz la suma de los esfuerzos. Un equipo debe latir al unísono y las ambiciones, sean las que sean, tienen que ser compartidas. Y los objetivos no son piedras inamovibles en el tiempo; se mueven, cambian y son revisables. La clave del asunto es que esos cambios sean compartidos. Toda esta disquisición filosófica viene a cuento del cambio de panorama que ha experimentado la situación del Lagun Aro, producida en un par de semanas gracias a dos grandes triunfos. Sus victorias, sobre todo la extraordinaria del domingo frente al líder de la ACB, el Barça (bueno, los que eran los líderes hasta entonces) han colocado a los bilbaínos en un terreno indefinido. Les separan tres victorias del descenso, todo un mundo, y sólo dos de los play-off por el título. La definición de los nuevos horizontes no es asunto secundario. ¿Mantenemos el principal, la permanencia, o nos tiramos a degüello hacia otro impensable hace menos de quince días? ¿Esperamos un poquito para cambiar el punto de mira? ¿Puede ser contraproducente el dejarte llevar por aires de grandeza, por el posible bajón que traerá su no consecución? ¿Disfrutamos de lo conseguido? ¿Conservadores o ambiciosos? ¿Idealistas o realistas? ¿Nos exigimos o nos conformamos? De la respuesta que den en sus cabezas jugadores y técnicos dependerá la actitud con la que afronten dos fechas definitivas. La semana que viene en Menorca y la siguiente en Bilbao frente al Madrid.