Bilbao tiene una efervescencia subterránea que de vez en cuando aflora sacando a la luz unos problemas sociales ante los cuales la actitud del Ayuntamiento suele ser la de leernos la cartilla a los ciudadanos. La Posada de los Abrazos era un refugio contra las malas corrientes de la vida. Juan Manuel de Prada haría con ella un capítulo de culebrón culto y barroco, lleno de personajes seducidos por la fatalidad y el Dolor. Esta visión del asunto les viene que ni pintada a quienes creen que nada puede hacerse contra la fatalidad, que para algo es fatalidad, y a quienes querrían llevarse los márgenes del mundo un poco más lejos, para que no se vean, y de paso aprovechar los inmuebles que queden despejados. A quien esto escribe, lo que le atrae de la Posada de los Abrazos, y de las pensiones que se hicieron visibles a su alrededor, es la capacidad de resistencia humana ante la adversidad, la pobreza y la exclusión. Los que apenas tienen nada, necesitan sólo un islote donde poner el pie y te demuestran que la dignidad humana no depende de la visita semanal a un macrocentro de consumo. Necesita, eso sí, un suelo mínimo sobre el que sostenerse. Exclusión social es el término con el que se describe ahora la deriva de quienes pululan por los márgenes de nuestro mundo de ciencia ficción donde las cosas se transforman en un juego fascinante que nos lleva a donde no sabemos y acaso a donde no queremos. El mundo moviliza recursos sin cuento para transformarlos en puro cuento, artículos de todo a cien que casi inmediatamente engrosan el montón de la basura, flujos de emigrantes que alimentan los derrumbaderos de la sociedad opulenta, secretarias de dirección que terminan durmiendo en cajeros automáticos. 24.500 árboles nutren de propaganda los buzones de Vitoria cada año. Dicen que las cifras son ridículas si se comparan con las de Bilbao. La asociación La Posada de los Abrazos era un mecanismo que trataba de paliar esa tendencia de nuestra sociedad a tirar a la gente a la basura junto con los folletos que ya ni miramos. El fuego que se la llevó por delante sacó a la luz las pensiones ilegales o alegales que la acompañaban en el mismo edificio de la calle San Francisco y en toda la capital vizcaína. Ante esta y otras cuestiones injustas, inquietantes, potencialmente conflictivas, ¿los poderes públicos no deberían ejercer una observación inteligente de la sociedad y ofrecer a ésta recursos educativos y materiales, planes para reducir el campo de acción de la desgracia? En todo caso, creo que sería preferible tener un gobierno municipal que creyera que esto es parte de su misión. No es ése el mensaje que recibimos cada vez que emerge trágicamente un problema como el que ha sacado a la calle el incendio de la Posada de los Abrazos.