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Martes, 14 de marzo de 2006
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DEPORTES
ANÁLISIS
Justicia para todos
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Hay muchas clases de justicia. En el fútbol y en la vida. Para todos los gustos y bolsillos, como denunciaba Norman Jewison en aquel vibrante thriller protagonizado por un Al Pacino arrebatador. A la gran familia rojiblanca la justicia divina nos socorre. La terrenal nos flagela. La primera premia la fidelidad de una masa social, de una afición, ejemplar. Son los santos inocentes de ésta causa. A falta de argumentos más científicos, a falta de algo de fútbol, siempre nos quedará San Mamés. Los capotes que nos lanza desde el cielo son antológicos. Para este equipo, ganar un partido se asemeja a escalar el Everest sin oxígeno. Solo gana de milagro. Literal. Pero la incombustible fe de este grupo de atribulados futbolistas mueve esas y otras montañas. Se lo merecen.

Voltaire afirmaba que, si Dios no existiera, habría que inventarlo. Si habláramos de fútbol, su procedencia terrenal no ofrecería dudas. Sería de Bilbao. Del centro, centro. Pero ya saben que los caminos del señor son inescrutables, y que escribe derecho con renglones torcidos. Y así seguimos, sufriendo un vía crucis semanal. Al margen del veredicto final, una cosa está clara. Este año es una condena. Insufrible. Los seguidores del Athletic soportan estoicamente una actualidad que no les da tregua. Sus corazones galopan desbocados. Sin freno. Como en la canción de Fito y Sabina, aquí llueve sobre mojado. Condenados a sufrir como almas en pena en la Liga más mediocre de la historia. Condenados en los juzgados en uno de los episodios más lamentables de los últimos tiempos. Condenados a aguantar estoicamente el chaparrón de todo éste cúmulo de despropósitos. ¿Les parece poco? Pues aun faltaba algo: Megía Dávila, otro campeón de la concordia.

No me gusta hablar de los árbitros. Bastantes balones fuera en forma de vacuidades altisonantes y demagogia a granel tenemos que escuchar para justificar lo injustificable. Pero con Megía el justiciero haremos una excepción. Eduardo Galeano nos recuerda que los árbitros son, por definición, arbitrarios. Ampulosos verdugos que ejecutan su poder absoluto con gestos de ópera. Durante más de un siglo, el árbitro vistió de luto. ¿Por quien?, se pregunta el escritor charrúa. Por él. Ahora disimulan con colores. Salvo Megía. Tan negro es su uniforme como la justicia que imparte. Lo del madrileño está claro: culpable.

En los despachos, un juez más cualificado ha considerado probado que el Athletic es responsable subsidiario en el caso Zubiaurre. Crónica de un resbalón anunciado. Y, por desgracia, denunciado en los tribunales por un rival agraviado. Son los riesgos de intentar ser los más listos del vecindario. Te pueden pintar la cara. La famosa foto de la presentación, realizada el mismo día en el que la Real celebraba sus elecciones, se ha revelado como el gran patinazo de la temporada. Un premio cotizado porque la competencia es notable. San Agustín proclamaba que conviene matar al error pero salvar a los que van errados. Sólo espero que a los responsables de esta triste situación no les pase como a aquel personaje del genial Groucho Marx, que estuvo tan ocupado escribiendo la crítica que nunca pudo sentarse a escribir el libro.



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