Qué pocas cosas pasaron y, sin embargo, qué intensas. Las decisivas, en el último minuto otra vez. El partido estuvo condicionado por el árbitro, Megía Dávila, que eligió siempre la decisión más rocambolesca. Tal vez algún día contará a sus nietos la determinación que tuvo para mandar repetir un penalti en San Mamés en el último minuto, en un partido en el que el Athletic se jugaba la vida. No había visto lo que vimos todos, que el balón ya había entrado en el córner, pero se empeñó en ver lo que no había visto nadie. Les dirá a sus nietos que entonces no le tembló la mano del silbato, como no le había temblado para expulsar a Amorebieta, por una tontería que ningún árbitro con dos dedos de frente sancionaría con segunda tarjeta. Nadie le podría reprochar que no diera mayor importancia a la segunda falta de Amorebieta, que no mandara repetir un penalti en el último minuto. Fue el suyo un mal entendido alarde de conciencia.
Tiko tiró fuerte y colocado, como lo había hecho Iraola. Un gol y tres puntos en el último minuto, cuando nadie ya los esperaba. El Cádiz había perdido porque nunca se atrevió a ir por el partido, como no se atrevió el Athletic. Con los cambios, todo el campo entendió que Clemente se proponía jugar a la contra, que es un modo piadoso de decir que optó por amarrar el empate. De hecho, no quedaron rematadores. Es verdad que jugábamos con uno menos, pero ya lo habíamos hecho en dos ocasiones con uno más, y los contrarios se las habían arreglado para ganarnos. El Athletic no se atrevía a ganar por miedo a perder, como si un empate ante el Cádiz nos sirviera, como si el Cádiz hubiera metido miedo en algún momento, cuando tan sólo había aprovechado su superioridad numérica para tocar y tocar en el centro del campo, sin crear ningún peligro. Quienes se conformaban con el empate eran ellos. Pues bien, así estaban las cosas y todos nos resignábamos a empatar en casa con el Cádiz.
Entonces, cuando se estaba acabando un pésimo partido más, y teníamos los más negros presentimientos, Julen Guerrero se transfiguró en la mejor versión de sí mismo. Cuando ni siquiera sus seguidores más fervientes podían imaginarlo, en la jugada postrera de la que ya nada esperábamos (apenas teníamos rematadores en el área), Julen trazó desde el banderín de córner, con la precisión de un geómetra y la potencia justa, una memorable parábola olímpica para la Historia. La pelota superó al portero y entró en la portería, de cuyo interior la sacó un defensa del Cádiz con la mano. No esperábamos ya nada, y Guerrero encontró donde no había.
Le había vuelto la gracia precisamente en uno de los momentos decisivos de la temporada en la que estamos más necesitados. Ese gol olímpico, que el recalcitrante Megía Dávila convirtió en dos penaltis sucesivos, nos quitó el pesimismo en un instante. La última flecha decidió la batalla. Fue el lanzamiento, que es primero mental, de un arquero zen con los ojos vendados. Guerrero nos devolvió la fe y señaló el camino hasta el final de la temporada. «Actuemos como si tuviéramos fe -se dice en la película 'Ordette', de Dreyer -, y la fe llegará» . La afición del Athletic suspiró de alivio, y la del Cádiz se quedó en el campo cantando que van al fútbol a divertirse, y el resultado les da igual. Con el éxito y el fracaso, los gaditanos, esos admirables filósofos cuyo paso por Primera suele ser lamentablemente efímero, componen chirigotas. Pocas cosas, sí, pero emocionantes y decisivas. Inolvidables.