El primer debate electoral televisado que ha visto Italia en diez años, entre el primer ministro, Silvio Berlusconi, y el líder del centro-izquierda, Romano Prodi, ofreció la sorpresa de comprobar cómo éste se desenvolvió mejor en el medio en el que teóricamente su rival es un animal escénico. La hora y media de cara a cara emitida anoche por la RAI demostró que Prodi sabía lo que hacía cuando se negó al debate si no se establecían reglas precisas.
Ésa fue precisamente la clave del encuentro, con una meticulosa batería de normas negociadas y hasta fijadas en un contrato firmado horas antes del debate. Berlusconi aceptó las condiciones de su rival porque los sondeos en este momento le sitúan como perdedor, pero se vio encorsetado en un rígido control de tiempos (2,5 minutos por respuesta a preguntas por turno de dos periodistas) donde no pudo desplegar su habitual desparpajo. En este sentido, fue un debate casi anti-italiano, porque nadie se interrumpía y reinaba el silencio. En ese contexto, Prodi se sintió protegido y tranquilo para exponer sus ideas.
Fue muy significativo que, en su intervención final, Berlusconi se quejara de que las reglas del debate habían impedido explicar los programas. Esta admisión protestona de incomodidad reveló su insatisfacción por cómo había discurrido la velada: se le vio incómodo, obsesionado con el cronómetro y muy maquinal, recurriendo a los lemas arrojadizos habituales contra la oposición. Enseguida pasó al ataque, luego estuvo a la defensiva y rebasó su tiempo varias veces.
Berlusconi confundió la seriedad con dar números, sobre todo en el inicio del debate, dedicado a la economía, y apenas fue coloquial. Increíblemente, no tuvo ni una sola broma o frase reseñable. Naufragó en los temas más arduos, como la inmigración o su conflicto de intereses: informó cándidamente que se ha salido de cuatro consejos de ministros que trataban temas referentes a sus negocios.
En cambio Prodi, normalmente soso, se metió rápido en el papel. El líder de la Unión apenas miraba apuntes y habló más al nivel de la calle, pero lanzando ideas claras y mensajes precisos. También elevó la voz sin vacilar y lanzó acusaciones serias, con gestos expresivos y frases punzantes. En ocasiones ni agotó su tiempo. Subrayó las ideas de la seriedad, de la ética y el rigor en las cuentas, claves en su estrategia contra Berlusconi. Hasta sacó poco su sonrisa beatífica, el rasgo más insufrible.
Berlusconi recurrió mecánicamente a sus acusaciones: Prodi es un líder de fachada de una coalición dividida, los problemas de su gobierno son herencia del anterior, el euro tiene la culpa de las dificultades económicas del país... A veces intentó la sonrisa y la ironía pero ayer no le salía ni le servía. Enfrente, Prodi se mostró serio, transmitió convicción y paró los pies al 'Cavaliere' a la mínima alusión, amparado en la confianza de que no podía caerse en un rifirrafe. En teoría, habrá otro debate una semana antes de las elecciones.