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Miércoles, 15 de marzo de 2006
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SOCIEDAD
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Elogio de la lentitud
El movimiento Slow propone rebelarse contra las prisas del mundo moderno, que casi siempre están provocadas más por hábitos adquiridos que por una verdadera urgencia
Elogio de  la lentitud
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Comida lenta, trabajo lento, sexo lento, vida urbana lenta. Son algunas de las manifestaciones del movimiento Slow, que propugna modos de vivir alejados de las prisas y de la aceleración imperantes en la actualidad. La 'slow life' parte de un principio elemental: dedicar a cada cosa el tiempo que merece privilegiando la calidad sobre la cantidad, de tal manera que el hacer las cosas bien se imponga sobre la tendencia a hacerlas rápidamente. Y ello aplicado en todas las escalas: desde la intimidad de la alcoba hasta el espacio público de la empresa o de la política, desde las relaciones personales hasta las actividades de ocio.

Las bases 'teóricas' -por así decirlo- del movimiento se encuentran en el libro de Carl Honoré 'Elogio de la lentitud', que se ha convertido en una especie de Biblia del también llamado 'slowdown'. Nos hemos rodeado de medios -explica Honoré- que nos facilitan las tareas y nos ahorran tiempo. Pero eso nos ha llevado también a construir un diabólico sistema de vida en el que el tiempo se convierte en un tirano que no cesa de apremiarnos. Basta con echar una ojeada a nuestra cotidianidad para percatarse de que nuestra prisas no están provocadas por una verdadera urgencia sino por un hábito adquirido, una especie de obligación inconsciente conforme a la cual no actuamos de manera debida si no nos enfrentamos a las cosas deprisa y corriendo.

La cultura de la velocidad, beneficiosa en los primeros tiempos del capitalismo -a mayor ahorro de tiempo, más producción con menor costo- ha llegado a un punto de inflexión en el que los perjuicios superan a las ventajas. Al menos en la salud física y mental de unos individuos atacados de 'horror vacui', de miedo a la quietud y al silencio, unos seres necesitados de imprimir velocidad a sus actos, ya no sólo para producir más sino para consumir en mayor cantidad.

Los apóstoles de la nueva idea de lentitud insisten en que no se trata de trabajar poco o mucho, sino de optar por un estilo de vida, por una forma de estar en el mundo. Cuando el tren va rápido, hay quienes corren para cogerlo a tiempo, quienes intentan convencer al maquinista para que reduzca la velocidad y quienes se apean de él. Las corrientes Slow se sitúan en la segunda de las actitudes, la que pretende acompasar los ritmos de vida a las necesidades y conveniencias reales de los individuos -que, por lo general, no precisamos de las prisas en casi nada de lo que habitualmente hacemos aceleradamente-.

El símbolo del caracol

Una de las proyecciones más exitosas de esta defensa de la parsimonia se dio ya hace un par de décadas en Italia, en el terreno de la gastronomía. Contra la comida rápida o 'fast food' de las hamburgueserías y otros establecimientos en serie, los partidarios del 'slow food' se proponían disfrutar de la buena mesa, pero no tanto por la exquisitez de los majares servidos como por la voluntad de hacer placentero el acto de comer: con sus tiempos, sus pausas, sus rituales y su conversación en buena compañía. Hoy día son miles las agrupaciones de todo el mundo que han hecho suya la doctrina, representada por el símbolo del caracol.

Bajo la divisa del 'back your time' (recobra tu tiempo) van surgiendo igualmente otras iniciativas. Entre ellas, la de las 'slow schools', alternativa a la enseñanza competitiva y masificada, en colegios donde entre otras cosas se han hecho desaparecer los timbres que indican la hora de entrada y salida de las clases. O el 'slow sex', en el polo opuesto del 'aquí te pillo, aquí te mato' de las relaciones sexuales apresuradas y torpes. O también las 'slow cities', nuevos modelos urbanos donde predominan los espacios propicios para el paseo y el descanso y se prohíbe circular a más de 30 ó 40 kilómetros por hora.

En definitiva, lo que el movimiento Slow viene a proponer es lo mismo que ya defendían los estoicos y sus seguidores: la idea de que el bienestar no está en la cantidad y en la rapidez, sino en la calidad y la calma. Es decir, en ese punto medio del que hablaba Marco Aurelio: «Nunca hay que apresurarse ni retrasarse».

Recuperar la parsimonia

¿Es esto posible siempre? No, desde luego, cuando uno trabaja por cuenta ajena bajo la espada de Damocles de los índices de productividad, o cuando las circunstancias externas nos reclaman respuestas inmediatas para la solución de determinados problemas. Pero la mayor parte de las actividades que realizamos con precipitación -desde conducir el coche hasta sorber de un trago el primer café de la mañana- podrían ser ejecutadas de otra manera.

Basta, dice Honoré, con darse cuenta de que no pasa nada por levantar el pie del acelerador, detenerse un momento en un área de descanso y respirar hondo para capturar la vida que se nos va de las manos por culpa de querer vivirla demasiado rápido.



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