El Correo Digital
Jueves, 16 de marzo de 2006
 Webmail    Alertas   Envío de titulares    Página de inicio
PORTADA ÚLTIMA HORA ECONOMÍA DEPORTES OCIO CLASIFICADOS SERVICIOS CENTRO COMERCIAL PORTALES
OPINIÓN
ARTÍCULOS
Locutor
Una oportuna bronquitis ha sido suficiente para que Arnaldo Otegi eluda por ahora la comparecencia ante el juez Grande-Marlaska. Aunque ha servido sobre todo para que su figura sea reivindicada -o cuestionada- como interlocutor. Para que alguien adquiera la condición de interlocutor ha de ser partícipe de un diálogo. La consideración del líder de la ilegalizada Batasuna como interlocutor en potencia y la demanda nacionalista de que no sea procesado y mucho menos encarcelado responde a una idea estereotipada de «proceso de paz» que exige el máximo de libertad para sus eventuales protagonistas. Pero tampoco falta quien valora la posible entrada en prisión del potencial interlocutor como el detalle victimista que le permita arraigar como líder entre los activistas de ETA. De la necesidad podrán extraerse muchas virtudes. Pero si esta última hipótesis se hace realidad reflejaría una más que preocupante incertidumbre en ETA.

Otegi ha sido y es el locutor más importante con que ha contado la izquierda abertzale desde Telesforo de Monzón. Capaz de explicar, incansable, tanto la declaración de tregua del 98 como su ruptura posterior. De emular a Gerry Adams en sepelios y homenajes a los militantes de ETA muertos. O de alardear con su escurridiza dialéctica ante quien ose discutir en público con él. Un locutor eficaz y versátil sin el cual ni EH hubiese rentabilizado tan fácilmente los efectos de la tregua ni Batasuna hubiera mantenido a sus bases tan pacientes. Pero para que al locutor se le añada el prefijo «inter» no sólo es imprescindible la existencia de un diálogo; también es necesario que cuente con influencia entre los suyos para comprometerse en los acuerdos.

Algunas de las voces que han reivindicado a Otegi como interlocutor lo han hecho con indisimulada ambigüedad: no han precisado en nombre de quién y en qué foro podría actuar como tal. En el caso de ETA y de la izquierda abertzale la duda no sólo se refiere a quiénes y cómo toman decisiones. Se refiere también a si de verdad existe un liderazgo colectivo capaz de poner fin al terrorismo. El locutor Otegi ha mostrado su disposición tanto a contextualizar los peores crímenes como a sugerir una pronta solución al problema. Ha sido el intérprete impasible de los hechos y de las palabras de ETA. Si lo que se espera es una tregua, a nadie le cabrá la menor duda de que Otegi la explicaría a la perfección. Pero si con esa hipotética tregua acabase el drama, también daría comienzo una etapa decisiva en la que no sería suficiente con ser locutor, mero intérprete de la voluntad de las sombras. Sería una etapa en la que la interlocución requeriría, sobre todo, poder de decisión. No hay nada más nefasto para el diálogo que un locutor.

k.aulestia@diario-elcorreo.com



Vocento