Hace unos días, todos nos pudimos sentir casi reconciliados con nuestro generoso corazón mientras contemplábamos a doña Teresa Fernández de la Vega ofrecer más ayuda al miserable suburbio de Nairobi. Nadie pareció reparar en la crueldad inherente a esas imágenes: no muy lejos, en las playas, se ofrece el espectáculo de ver disfrutar de su holganza a la princesa Carolina y su dipsómano marido; también ése es el país elegido por el jinete de título nobiliario para sus negocios y su luna de miel. Compran en saldos jirones de Kenia, la dejan un poco más miserable mientras los condolidos gobiernos ofrecen paliar la miseria de sus suburbios con ayuda humanitaria.
¿Colaborará la duquesa de Alba? Digo yo que debería, ahora que, además, la han nombrado hija predilecta de Andalucía. La fiesta la imagino pagada con nuestros impuestos a mayor gloria de las tierras yermas de sus interminables latifundios. Ambas imágenes son fruto directo de una grave enfermedad llamada indiferencia: dar limosna a quien es más pobre mientras miramos de reojo el palacio de los poderosos e imitamos sus vestidos de seda y oro; tragamos un presente incierto de peones bajo el amparo de subsidio agrario y le ofrecemos a la duquesa un fandango con la pandereta prestada. Es lo que tiene el peón: un enraizado sentimiento de sumisión al amo.
Isabel Coixet, en su magnífica 'El mundo secreto de las palabras', hiere al espectador con un susurro apenas, una queja de miradas, ausencias y silencios, mucho más áspera que un grito. Habla de nuestra frágil memoria, de las olvidadas víctimas de un horror cercano y abierto, la guerra de los Balcanes. Las víctimas transitan por nuestras ciudades, exiliadas de su pasado, sacrificadas a la tranquilidad de quien prefiere ignorar. Bajan la cabeza y se avergüenzan del grave delito de haber sobrevivido porque nuestra indiferencia las señala como a escoria de la historia. Milosevic ha muerto en su confortable celda, sin ser nombrado oficialmente genocida. La pasividad hará crecer el rumor de que el 'carnicero de los Balcanes', en realidad, fue un héroe, mientras se encienden velas ante su retrato orlado de banderas. Ante la indiferencia miedosa, los mensajeros de nuevos horrores pueden comenzar a tejer el pedestal de un nuevo paladín para su causa.
La historia se escribe siempre sobre el silencio temeroso y cautivo de quienes no nos atrevemos a gritar nuestra protesta, a comprometer nuestro presente y soñar con un futuro digno. Se fija hasta que los siglos limpien las últimas gotas de sangre entre las manos del asesino y la leyenda lo transforme en magnífico protagonista de una ópera, una loa, un tratado... ¿Alguien diría que Alejandro Magno, el bello y glorioso, fue, en realidad un déspota sediento de poder? Puede que nuestros biznietos asistan al estreno de una película donde el actor de moda fije en imágenes a un Milosevic heroico; de los miles de víctimas nadie recordará ni el nombre ni el rostro.