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Jueves, 16 de marzo de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
Israel: ambiente electoral
La última incursión del Ejército israelí en la cárcel de Jericó, en busca de un preso palestino acusado de ser el líder intelectual del asesinato del ministro de Turismo israelí Rejabam Zeevi en octubre de 2001, no se entiende si no es en el ambiente electoral que vive Israel en la actualidad. Estos comicios, que se celebran el próximo día 28, figuran entre los más interesantes de los últimos tiempos por varios motivos. El primero es la aparición en el escenario de la formación de centro Kadima, liderada en sus inicios por Ariel Sharon y ahora por el primer ministro en funciones, Ehud Olmert. Este partido amenaza con romper las dos alternativas que históricamente han ganado las elecciones en Israel desde el nacimiento del Estado, en 1948: las conformadas por el Partido Laborista (Avoda), que gobernó ininterrumpidamente, aunque en coaliciones, desde 1948 hasta 1977, y el Likud, formación que ha sido desde ese momento la alternativa de derechas al laborismo. Incluso en ausencia de Sharon, las encuestas siguen dando a Kadima la victoria el 28 de marzo, seguida del partido laborista de Amir Peretz y del Likud de Netanyahu. Aún así, y antes de las elecciones, lo que ha provocado la aparición de Kadima es una reubicación de las fuerzas políticas del país. Según las encuestas, la formación que ahora lidera Ehud Olmert va a arrastrar votos tanto del laborismo como del Likud, pero además lo hará también de la que hasta ahora era la tercera formación política del país, los liberales de Shinui, formación que lidera Tomy Lapid.

Este trasvase de votos que, siempre según las encuestas, favorece a Kadima no se queda ahí. En estas últimas semanas ha habido una transferencia de militancia de la formación de izquierdas Yahad hacia el Partido Laborista de Peretz. Nada más y nada menos que el 10% de los delegados del primer grupo, que se ubica a la izquierda del Partido Laborista, han anunciado su paso a esta última organización, de la que dicen que por fin tiene una agenda social. Efectivamente, si por algo se ha caracterizado la llegada del dirigente sindical a la presidencia del Partido Laborista es por su empeño en dotar a esta formación de un perfil más netamente de izquierdas, aspecto que había quedado bastante diluido en detrimento del omnipresente tema de la política israelí: la paz con los palestinos. Este giro a la izquierda tiene como objetivo movilizar a una importante masa de electores pertenecientes a las clases medias, que desde hace años sufren un lento pero progresivo proceso de empobrecimiento. Pero con todo, y siempre según las encuestas, este trasvase de militancia y quizás de votos no le asegura por ahora la victoria al laborismo. Y la que sí parece que no va a conseguir unos buenos resultados es la formación de Netanyahu, ya que pierde apoyos y no logra votos de otros partidos, es decir, de aquéllos que están más a la derecha que el Likud, el Partido Nacional Religioso y la Unión Nacional. En cualquier caso, los grupos minoritarios, especialmente los religiosos, seguirán teniendo una representación exigua pero determinante si no hay una coalición que obtenga la mitad más uno de los 120 escaños de la Knesset o Parlamento de Israel.

Otra de las variantes que otorgan a estas próximas elecciones un expectación inusitada es la llegada de Hamás al Gobierno de la Autoridad Nacional Palestina. La reacción del Ejecutivo de Ehud Olmert ha sido tajante: retirada de los fondos que debe transferir a la ANP, labor diplomática a favor del no reconocimiento de esta formación y del Ejecutivo que lidera, descripción de la ANP como un Gobierno terrorista y, por último, el asalto a la cárcel de Jericó. Todas estas actuaciones del primer ministro y miembro de Kadima hay que interpretarlas en un claro contexto electoral. Además de presionar al presidente de la Autoridad Nacional Palestina, estas decisiones persiguen que su formación no pierda votos en favor del Likud, cuyo líder, Benjamin Netanyahu, ya dijo un día después de la victoria de Hamás que ésta había sido consecuencia de la retirada unilateral de Israel de Gaza. Un análisis que, aunque a todas luces incierto, sí puede hacer daño electoralmente a Kadima. No son pocas las personas en Israel que son conscientes de que si la organización islámica forma gobierno y no perpetra atentados en suelo judío habrá que negociar con ella. Tal y como ha indicado algún ex ministro de Exteriores israelí, con Hamás hay que intentarlo, siempre y cuando cese en su campaña de terror y también asuma, aunque no tiene que ser de una forma explícita, la existencia del Estado de Israel. Pero este paso, el de la interlocución con la formación islamista, sólo es probable que lo dé el partido de Olmert o la formación laborista después de las elecciones de marzo y tras un periodo de calma. Lo que parece a todas luces improbable es que lo haga el Likud. Habrá también que ver cuál es la contestación de Hamás a este último incidente protagonizado por las tropas hebreas.

La tercera variante es la denominada amenaza iraní. Esta cuestión no sólo representa un desafío para la seguridad del país hebreo, sino que también lo es para el futuro equilibrio de la región de Oriente Próximo, que puede verse abocada a una carrera de proliferación nuclear más allá de Israel y del propio Irán. Los últimos estudios demoscópicos indican cómo la percepción de la amenaza iraní va calando cada vez más en el seno de la sociedad israelí. Éste es un tema en el que además la mayor parte de las fuerzas políticas israelíes coinciden, el de la conveniencia de que el país chií no consiga el arma atómica.

Asunto distinto, y es aquí donde se dan las diferencias, es la manera de tratar el problema. Son dos las opciones que se barajan en los círculos políticos israelíes. La primera y minoritaria, una actuación militar contra objetivos concretos iraníes, similar al ataque de 1981 sobre la central iraquí de Osirak. Y la segunda y mayoritaria sería la presión diplomática combinada con la actuación de los servicios de información para presionar políticamente a Irán, vía aumento de la presión/amenaza internacional sobre este país, incluidas alusiones a la fuerza. Así, la cuestión iraní es sin duda uno de los desafíos más importantes en el horizonte israelí. Junto a la irrupción de Kadima y la llegada de Hamás al poder en la ANP, diseña el ambiente preelectoral en Israel.



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