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Jueves, 16 de marzo de 2006
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CULTURA
TOROS
Gran encierro de Algarra
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FALLAS
Valencia. 5ª de feria. Tres cuartos de plaza. Soleado, fresco. Algo de viento.

Seis toros de Luis Algarra. El quinto, sobrero. Corrida de bellas hechuras, muy en tipo. Nobles todos. El tercero, de notable son, fue el mejor. El buen primero pecó de apagado. Dieron juego los demás. El quinto, devuelto por flojo, fue sustituido por un sobrero que se derrumbó y fue único garbanzo negro.

Rivera Ordóñez, silencio y saludos desde los medios. Sebastián Castella, saludos y silencio. Matías Tejela, silencio y palmas.

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Estaba anunciada una corrida de José Luis Marca, pero el lunes los veterinarios la rechazaron casi al completo. Marca se negó a traer reemplazo y acabó lidiándose una de Luis Algarra. Seis toros, que salieron buenos sin excepción. No seis, sino siete: un sobrero que se lidió de quinto bis, y en mala hora, porque fue el lunar de la corrida. No por malo ni manso sino porque, probablemente enfermo, se derrumbó y hubo de ser apuntillado sin que Castella pudiera ni montar siquiera la espada. El toro que se había devuelto en ese segundo turno de Castella se pegó una vuelta de campana completa que lo dejó quebrantado. Amenazó con caerse y, aunque no llegó a hacerlo, hubo pañuelo verde.

Abrió corrida un bello toro noble de verdad pero un poco apagado. Rivera optó por faena al hilo del pitón, un poco encima. Cómodo, reiterativo, un punto rutinario el trasteo. De más oficio que imaginación. De no reñir ninguna de las partes. El toro, por justo de fuerzas y dócil. El torero, porque estaba en son de paz.

Alegre y noble

El segundo toro fue de los buenos. Codicioso, alegre, noble, pronto, templado. Castella lo brindó al público y le hizo y una faena de vertical impavidez. Vibrante por la firmeza del torero, pero no redonda. Cuando más caliente estaba el asunto, Castella perdió pasos. O toreó a la velocidad del toro. Un pinchazo, un espadazo desprendido y ladeado. Petición minoritaria de oreja.

Tercero y cuarto fueron, por ese orden, los dos mejores de la corrida. El uno, por su son; el otro, por su nobleza. Pero el son vivo del tercero requería temple del caro, tranquilidad, sentido de la medida. Tejela le pegó tirones inocentes, pero tirones, y dos veces lo echó al suelo. No fue un naufragio, porque el viento molestó. Pero no todos los días sale un toro tan propicio como ése.

Sin la vibración del tercero, el cuarto sumó lo suyo. Galopó de salida, derribó en la primera vara, se movió con cumplida alegría. Rivera tomó de repente la decisión de banderillear, que fue muy celebrada. En los tres pares dejó probada su pericia, su soltura y hasta sus recursos. Pero Rivera se conformó con una faena sembrada de desplantes y rodillazos, toreo por arriba, todo encima y apilado, toro pasa, venga y va. La dieron por buena. ¿Pueblerina faena? Más o menos. De seguridad incontestable.

Tras el doble pinchazo del quinto y su remiendo, se soltó un sexto con mucha vida y ganas. Tejela se puso por las dos manos, insistió sólo lo justo y parecía con prisa. Algo de viento también. Y también se fue este sexto tal cual vino.



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