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Jueves, 16 de marzo de 2006
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CULTURA
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OPINIÓN/Contemporáneo
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La fascinación por el movimiento está en la propia reflexión expresiva de Cesc Gelabert, ya sea como una emoción que se inspira en el cine mudo, en las formas de una arquitectura abstracta, en los ritmos de una composición musical o en las ideas y las figuraciones de una obra de arte. Es el rigor y la sobriedad danzante, claro, pero también la expresión de un estado del alma en forma de vocabulario propio, de discurso sobre un lenguaje estético incorporado a la danza, al baile, a las coreografías y a las interpretaciones.

Obviamente, al haber logrado Gelabert un notable equilibrio entre la emoción interior y la expresión exterior, sus coreografías son perfectas para la construcción de movimientos que dibujan líneas imaginarias, que se adaptan a las formas de las artes plásticas o que, incluso, simulan en el aire las curvas, las geometrías y los espacios con rectas y curvas de la arquitectura contemporánea.

Igualmente, su conocida versatilidad para asimilar una amplia diversidad compositiva musical y su elegancia para adaptar la gestualidad danzante a cine y vídeo le convierten en uno de los mejores intérpretes para interactuar con la preponderante cultura audiovisual. Todo ello define a Cesc Gelabert, en fin, como un creador abierto a ese concepto del arte que en esta contemporaneidad es abierto, multidisciplinar y universal.



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