Joan Manuel Serrat apareció ayer en un escenario y ante un público diferentes y con un 'look' nada habitual en él. Ataviado con toga y birrete azul celeste, el cantautor catalán accedió a la tribuna de oradores de la Universidad Complutense de Madrid para ser investido doctor 'honoris causa'. Bebió un sorbo de agua y se dirigió sonriente a los congregados para recordarles que «lo que más gusta a los catalanes es ganar en Madrid». Fue la primera de muchas carcajadas que se oyeron en el abarrotado paraninfo. No se recordaban tantos ni tan prolongados aplausos en la sala.
Cordial, cercano, sin asomo de solemnidad, Serrat fue contando sus 'pequeñas cosas', según le brotaban del corazón. «Mi amigo Rafael Azcona dice que los premios deben de ser secretos y fuertemente dotados; éste es un premio distinto, un reconocimiento que me agrada recibir porque con él se puede presumir ante los amigos y los hijos», dijo el 'nano'.
El cantautor catalán recibió el nombramiento por su contribución a la difusión de la poesía española y latinoamericana, su labor en favor de la convivencia de las lenguas castellana y catalana, su impulso y desarrollo de la música de autor y su gran influencia social y cultural.
Su padrino en la ceremonia, el director del Instituto Complutense de Ciencias Musicales, Emilio Casares, recurrió a una frase de Antonio Gala para definirle: «Serrat lleva la vida entre los dientes, como un cuchillo y como un beso». Al acto acudieron numerosos políticos, intelectuales y artistas de la izquierda 'oficial' y una solitaria Esperanza Aguirre, presidenta de la Comunidad de Madrid, que se mezcló entre ellos.
«No sé si serán exageradas las virtudes que se me atribuyen, pero, en cualquier caso, no voy a discutirlas», bromeó el artista, que lleva cuarenta años cantando al amor, a la amistad, al mar, a las mujeres, a la rebeldía y, por encima de todo, a la libertad y la justicia. «Sin libertad no se puede ejercer la justicia, y para ser justos hay que ser libres», enfatizó Serrat, quien fue vetado por el régimen franquista por querer cantar su eurovisivo 'La, la, la' en catalán. «Soy bilingüe y culturalmente mestizo, lo cual es un privilegio», señaló, para explicar a continuación que se expresa «con el mismo cariño y naturalidad en castellano o catalán y si me preguntan en cuál de ellos me halló más cómodo, siempre respondo lo mismo, en el idioma en que me prohíben hacerlo».
El cantante barcelonés, de 62 años, restablecido ya del cáncer de vejiga que padeció hace dos, dijo también que su profesión no es un trabajo, sino «una bendición». «Me pagan por hacer lo que me gusta, por enfrentarme a lo que odio y por compartirlo con la gente. No se le puede pedir más a la vida». Como siempre que tiene ocasión, Serrat aludió también a «esas pequeñas grandes cosas» como son el amor y la amistad: «Quiero ser querido y quiero tener amigos, cada día más amigos; eso es lo que me mueve».