«Lo que se sufre en Europa no es comparable con lo que se sufre en África. Allí ganarse la vida es más fácil. Por eso no podemos detenerlos». El padre Jerome, nigeriano de 37 años, llegó en 2003 a Nuadibú y está al frente de la Misión católica. Muchos de los inmigrantes que llegan a la ciudad acuden a él con sus preocupaciones; el sacerdote intenta disuadirles de emprender la travesía, eso que él llama un «viaje suicida». El religioso, que viste vaqueros, zapatillas de deporte y una camiseta con capucha, entiende la gravedad de la situación, pero también que los jóvenes arriesguen. «Hacen lo que sea por llegar a Europa, muchos han estado ya allí y quieren volver».
Pero son pocos los que después de mucho diálogo deciden volverse por donde han venido. Ni siquiera los vídeos que les enseña con imágenes de la tragedia de quienes les precedieron, consigue desanimarlos. «Logramos que se queden los que están muy fatigados, los enfermos y heridos o los que han tenido ya malas experiencias en las piraguas. Sólo a esos convencemos».
Jerome recibe muchas llamadas y cartas de aquellos que lograron llegar a tierra. «Si no volvemos a saber de ellos pasados dos meses, pensamos que han muerto, porque suelen dejan algún amigo o alguien a quien comunicar si han logrado pasar. Siempre nos enteramos». Conoce a muchos de los que han muerto. Samuel, un joven nigeriano, era uno de ellos. «El 29 de agosto de 2004 encontramos su cuerpo después de un naufragio y lo enterramos. Envié las fotos del cadáver a la familia», explica el sacerdote. «No es que quisiera quedarse a vivir en Europa, sólo deseaba mandar dinero para que vivieran mejor los que quedaban aquí».
Relación por carta
La Misión católica de Nuadibú tiene el apartado de correos 312 a disposición de los inmigrantes y sus familias. Hasta él llegan decenas de cartas, muchas veces dirigidas al propio Jerome para dar noticias del paradero de los que pasaron por allí y han conseguido rehacer su vida lejos de África. El cura muestra con orgullo parte de esa correspondencia llegada desde España. El apartado de correos es también la única forma que tienen muchas familias de otros países de contactar con los hijos que han decidido emigrar, de los que llevan meses o años sin tener noticias.
El padre Jerome tiene dos habitaciones y tres camas a disposición del que llega con lo puesto. En teoría sólo pueden quedarse tres días, pero hay casos como el de una mujer y sus hijas que estuvieron tres meses porque el padre de familia fue encarcelado. La población católica de la ciudad, entre los que quieren emigrar y los comerciantes de ida y vuelta, varía mucho aunque nunca sobrepasa las 150 personas.
Sin apenas medios, la Misión desarrolla su tarea desde hace años. A pesar de que Mauritania es una república islámica, las autoridades les dejan emprender proyectos de tipo social incluso con la población local siempre que no traspasen la delicada línea que marca la fe. «Ofrecemos una ayuda importante a las mujeres de los emigrantes que se quedan aquí al cargo de la familia después de que sus maridos se han ido en la piragua», explica el religioso. También ofrecen microcréditos para los que quieren emprender pequeños negocios como restaurantes, peluquerías o venta de pescado, que en aguas mauritanas abunda.