La llegada a Belgrado de los restos mortales del ex presidente yugoslavo Slobodan Milosevic se produjo ayer en un ambiente de total indiferencia. Solamente unos cuantos dirigentes del Partido Socialista fueron autorizados a organizar una pequeña comitiva que le puso al féretro una bandera serbia para que no pareciese un bulto cualquiera del cargamento del vuelo procedente de Amsterdam. Una furgoneta ordinaria, sin escoltas ni honores, lo trasladó a la morgue del hospital central de Belgrado, donde empieza el periplo habitual de todo entierro, aunque éste no podrá ser, en ningún caso, normal.
El ex dictador volvió solo a su país. Ni su viuda Mira Marcovic, ni su hijo Marko le han acompañado en este último viaje, ni ayer por la noche se había aclarado si lo harán en las próximas horas. Los responsables de partido insisten en que a pesar de todo vendrán al país, aunque la viuda no se fía de las seguridades dadas.
En cuanto a los ciudadanos serbios, tampoco eran muchos los que fueron a rendir su homenaje a un hombre que cuando falleció el sábado estaba siendo juzgado por crímenes contra la humanidad. Algunas flores, lágrimas, gritos de 'Slobo', 'Slobo' y banderas acompañaron al féretro en los tramos más significados del trayecto entre el aeropuerto y el depósito de cadáveres.
Obstáculos
Sus enemigos políticos, ahora en el poder en Belgrado, hicieron todo lo posible para obstaculizar la llegada de sus restos mortales y aún ayer por la noche estaban tratando de impedir que los socialistas le rindiesen un homenaje a Milosevic frente al edificio del Parlamento Federal, que un día lo fue de la desaparecida Yugoslavia. Hoy también se sientan allí representantes de la vecina Montenegro, pero hasta eso podría cambiar después del 21 de mayo, cuando los montenegrinos celebren el previsto referéndum de su independencia.
En cuanto se supo que el cadáver estaba ya en el país, los partidarios de Milosevic empezaron a poner banderas del Partido Socialista y carteles con su retrato en los alrededores del edificio de la Cámara legislativa y en la plaza que hay entre este edificio y el del Ayuntamiento, como una señal para empezar a preparar este acto de homenaje que sus partidarios quieren tributarle.
En este ambiente, los dirigentes de Partido Socialista, con Milorad Vucelic a la cabeza, que es a quien la familia ha encargado el papel de organizar los funerales -en este país no se puede dejar de evocar que en tiempos del socialismo real ésta era la fórmula para designar al sucesor político del líder fallecido- han abandonado la idea de enterrarlo en Belgrado. Excluida la posibilidad de que el Gobierno autorizara sepultarlo en la alameda de hombres ilustres, no han aceptado la posibilidad de una lápida en una zona donde solo tendría por compañía a su último primer ministro Mirco Marianovic, muerto este año y enterrado entre ciudadanos corrientes. Algunas fuentes apuntaron, incluso, que las autoridades no habían dado ninguna opción para que se diera tierra al ex presidente en la capital serbia.
Si lo aprueban hoy el Ayuntamiento de la localidad de Pozarevac -su ciudad natal-, lo que es más que probable porque está en manos de los socialistas, Milosevic será enterrado el sábado en el jardín de su casa. Pero en ningún caso se le podrán rendir honores públicos u oficiales. El Gobierno de Belgrado ha insistido en que la ceremonia debe ser estrictamente privada.
Milosevic descansará a la sombra de un árbol, que ojalá pudiera cubrir en el olvido también las páginas más negras de la historia reciente de este país balcánico y de las que el antiguo máximo dirigente fue triste protagonista principal.