Desde ayer por la mañana, el féretro con los restos mortales de Slobodan Milosevic se exhibe en el museo de la Revolución de Belgrado, un edifico de la era comunista, cerca de la tumba donde yace el mariscal Tito. Unos pocos miles de sus partidarios desfilaron para rendirle honores, después de pasar episodios esperpénticos, empujones, avalanchas y de soportar un frío glacial.
El Gobierno serbio, que no ha hecho más que poner obstáculos al Partido Socialista para dificultar la organización de estos extraños funerales, está poniendo en ridículo a los seguidores de este polémico dictador nacionalista que cada día que pasa no tienen más remedio que constatar su decadencia política.
Las apenas dos mil personas que se agolpaban desordenadamente ayer por la mañana para tratar de pasar ante el ataúd eran, en efecto, un magro cortejo para un antiguo dictador que metió a este país en una década de guerra fraticida. Los dirigentes del partido preveían doscientas mil «o más» y finalmente apenas un puñado de nostálgicos se acercaron al vestíbulo de este museo prácticamente olvidado, y desfilaron frente a un féretro cerrado y cubierto por la bandera serbia. Aparte de los 'aparatchics' de su partido, que ya no estaban muy bien avenidos antes de su desaparición, sólo se vio por allí al diputado ruso Serguei Baburin, rancio nostálgico del Partido Comunista de la URSS.
Último adiós
Por lo general, a darle su último adiós se acercaron sobre todo veteranos y jubilados, con pancartas acusando al Tribunal de La Haya de haberlo asesinado, y muy pocos jóvenes. Algún exaltado amaneció con retratos del general Mladic, perseguido por el mismo tribunal que juzgaba a Milosevic.
La viuda, Mirjana Markovic, y el resto de la familia, son esperados hoy, después de que el Partido Socialista lograse la promesa de que no deberá entregar su pasaporte a la llegada al país. Un tribunal de Belgrado había anulado la orden de busca y captura, pero no los cargos que pesan sobre ella y que podrían impedirle volver a Moscú. Pero aparte de esta concesión, el ministro de Cultura, Dragan Cojanovic, y el Ayuntamiento de Belgrado han intentado abiertamente impedir la ceremonia. Inicialmente despacharon a una fuerza de tres agentes de policía para poner orden en el caótico desfile de condolientes, hasta que a la vista del desbarajuste tuvieron que enviar dos compañías en uniforme ordinario, lo único parecido a una escolta que ha merecido el ex jefe del Estado.
Entierro
El sábado está previsto que Milosevic sea enterrado en su localidad natal, en una ceremonia privada y sin honores oficiales, tal como ha establecido el Gobierno tratándose de un acusado de crímenes contra la humanidad al que solo su inesperada muerte en la cárcel de Sevrenige, en Holanda, ha salvado de una condena judicial.
Algunos de sus seguidores, como su consejero Vladímir Krsljanin, intentaban ayer preservar su imagen recordándole «como un gran líder que hizo lo que pudo para salvar a su país enfrentándose él solo a Occidente». Pero desde que fue destituido y enviado a prisión hace cuatro años, su Partido ha pasado del 40% al 5% de los votos; a la vista de lo que sucedía hoy en Belgrado está claro que ya hace mucho tiempo que la sociedad serbia había enterrado a Milosevic en el cementerio de la historia.