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Lunes, 20 de marzo de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
La tentación totalitaria
El totalitarismo no es historia pasada de fascismos y comunismos. El que una 'parte' se erija en representante del 'todo' es un viejo fenómeno que continúa plenamente vigente. A veces muestra su cara represiva y sanguinaria, como sucede hoy con la misión democratizadora norteamericana o los diferentes terrorismos políticos. Pero, en general, adopta un gesto más inocuo e inocente. Es corriente ver en la vida política ordinaria a partidos que creen encarnar los valores democráticos, el ideal de justicia o las esencias patrias. En economía, piensan la mayoría de los occidentales que el sistema neoliberal ha demostrado ser el 'único' viable en el mundo. En materia educativa, sostienen algunos dirigentes que la eliminación de la enseñanza de su 'particular' dogmática equivale a suprimir 'totalmente' la educación en valores. Por no mencionar los casos más banales de las incontables asociaciones corporativas, deportivas o culturales que dicen representar a 'toda' la profesión, 'toda' la ciudad o 'todo' el país.

La pretensión de hacer de 'mi' punto de vista el observatorio obligado y único de la realidad está firmemente arraigada en el ser humano, tanto en el plano individual como en el social. No ha de sorprender, por ello, que incluso quienes han padecido la tiranía del terror totalitario se obstinen en hacer política de 'parte' ignorando, cuando no vejando, al resto incómodo, que acredita igualmente la penosa condición de víctima. Precisamente al calor emotivo de la última mani- festación celebrada en Madrid para protestar contra la actual política antiterrorista, un destacado dirigente de la oposición reprochaba al Gobierno su actuación contraria al sentir de 'toda' la sociedad española. Pues la opinión allí expresada -corroboraba al día siguiente un conocido tertuliano- era la opinión de 'todos' los españoles.

El totalitarismo es el síntoma; la verdadera enfermedad es la creencia universalista. Y el antídoto a aplicar tiene un nombre: democracia. Pero de inmediato surge la duda: ¿Acaso no es la democracia, en su configuración moderna, una de las conquistas del pensamiento universalista de la Ilustración? Todos los hombres nacen libres e iguales (Locke), comparten una misma razón, que es autónoma respecto a cualquier instancia externa (Kant), y, siendo iguales en derechos y obligaciones, celebran un pacto social que regula su convivencia. Libertad, igualdad y fraternidad es el lema que resume acertadamente y con carácter universal el espíritu de la nueva era. Como reza el propio título de la Declaración, los derechos del hombre y del ciudadano son universales. La democracia política o la libertad económica, a partir de esta misma universalidad, son aplicables a todo tiempo y lugar. La nación política constituida por ciudadanos iguales, la participación de todos, el sometimiento del poder a la ley, la solidaridad... son, en definitiva, valores universales que dan concreción a una vida humana en sociedad en la que, conforme al imperativo kantiano, el hombre es un fin en si mismo.

Y, sin embargo, el balance histórico ofrece un saldo lleno de contradicciones. Algunas democracias conviven con prácticas sistemáticas que vulneran los derechos humanos, con políticas racistas y xenófobas o con visiones estratégicas expansionistas. Democracia y liberalismo son dos banderas que han dado cobijo a multitud de regímenes dictatoriales o, en el mejor de los casos, han servido para consolidar y escenificar situaciones de dominio y explotación. Ya en las páginas de Rousseau se advertía un aroma absolutista y despótico, denunciado, por ejemplo, por Tocqueville, en contra de una larga tradición republicana que va de Aristóteles a Kant, pasando por los pensadores y políticos ingleses. Y no es casual, como recuerda Alejo Carpentier en su deliciosa novela 'El siglo de las luces', que acompañando a la Libertad con mayúsculas llegase al Nuevo Mundo la primera guillotina.

La obsesión expansiva por ocupar y dominar hasta los últimos resquicios del 'todo' no puede encontrar mejor coartada ideológica que el apoyo de unas verdades y valores universales, dictados por la razón universal, y que, en consecuencia, reclaman una acción universal. ¿Y si estuviéramos ante un triple mito colosal?

Hablemos, primero, de las verdades universales en forma de derechos humanos, individuales y colectivos, democracia liberal, soberanía popular, pacto social, ciudadanía... No hay tales universales políticos, que son la extrapolación de un particular histórico concreto: europeo, varón, burgués, culturizado cristiano. Ni hay universales antropológicos o sociológicos en forma de valores familiares, religiosos o culturales; a lo más puede tratarse de constantes históricas, llenas de peculiaridades individuales y de excepciones, cuya generalización nunca tendría que hacerse por la vía de la imposición. Ni siquiera existe la verdad de los oprimidos o de las víctimas como categoría universal, como insinuaron los filósofos de Frankfurt. Al contrario, cuando una construcción histórica se descontextualiza, corre el riesgo de convertirse en una entelequia imaginaria cargada de fundamentalismo.

Porque tampoco existe una razón universal. El individuo abstracto, el hombre naturalmente libre y racional o el yo trascendental de la filosofía ilustrada son categorías metafísicas vacías de contenido real. El sujeto humano, más que un centro unificado de decisiones autónomas, resulta ser un punto de intersección de múltiples posiciones subjetivas afectadas por poderosas realidades objetivas sobre las que, frecuentemente, no tiene ni control ni conciencia. En consecuencia, en vez de una razón abstracta común a toda la Humanidad, lo que hay es una pluralidad de sujetos que razonan (y 'son razonados') desde contextos diferentes.

Finalmente, el mito universalista desborda toda la fantasía imaginable cuando un grupo, un pueblo, una religión o una civilización se sienten elegidos y convocados por la divinidad o la Razón para el cumplimiento de alguna misión universal, fuera de la cual no hay salvación, ya sea en el cielo o en la Tierra. Produce escalofríos el simple recuerdo de las grandes gestas liberadoras que la Historia ha conocido.

De ahí que Isaiah Berlin postulase limitar la universalidad a los medios respetando la pluralidad de los fines. Pero para superar la tentación totalitaria no sirve una democracia meramente formal, ceñida al escrupuloso cumplimiento de las reglas. Tampoco una democracia de contenidos, definida en función de los valores que aspira a garantizar. Ni siquiera basta la democracia deliberativa y participativa de Habermas, donde los acuerdos requieren ser legitimados en un debate público, imparcial y sometido a normas de racionalidad. Una de las ideas-fuerza más poderosas para desarrollar una convivencia enriquecedora y pacífica es la conciencia compartida de que cada individuo y cada grupo somos simplemente una 'parte' del conjunto. Por eso, el concepto de democracia que choca frontalmente con el pensamiento totalitario es el de aquel régimen que legitima a una 'parte' a gestionar los asuntos comunes de acuerdo con su 'particular' programa de gobierno, y no porque éste represente al 'todo', sino porque la ciudadanía ha decidido que es la 'parcialidad' más digna de consideración.



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