Tenían que haber olvidado primero y beber después, pero es mucho pedirle a los jóvenes españoles que no se acuerden de que las circunstancias les impiden serlo. Tampoco es fácil convencer a los muchachos franceses de que después de terminar sus estudios van a encontrarse con un contrato de duración indeterminada con un periodo de prueba de dos años con despido libre. El macrobotellón y las macroprotestas son fenómenos coincidentes, pero no semejantes. A unos les ha dado por trasegar y a otros por demostrar que no tragan a Villepin.
Estamos ante una crisis de la resignación juvenil cuyas dimensiones sociales aún se desconocen. Lo único que sabemos es que los contratos basura suponen un trabajo extra para los basureros. En la manifestación de París había unas 300.000 personas, según los organizadores, y menos de 100.000, según la Policía. Puede ser el prólogo a la huelga general. En las concentraciones etílicas de España, que no han prologado más que enormes resacas, se registraron 86 heridos y 73 detenidos, pero se rompieron muchas cosas y se asaltaron establecimientos. Los optimistas auguraban que todo transcurriría con normalidad y los pesimistas anunciaron fallecimientos, bien por intoxicación, bien por navajazo. Ni una cosa ni otra. Una vez más se comprueba que pagando a escote hay muchos heridos, pero ningún muerto.
Barcelona y Salamanca, que hace poco se disputaban papeles del Archivo Histórico, se han disputado ahora la plusmarca del vandalismo. Todo hubiera sido más grave si a la olimpiada de la borrachera la hubiese acompañado el buen tiempo, pero cayó mucha agua sobre las botellas. Lo peor no fue eso, sino descubrir que en el fondo de ninguna había un mensaje de esperanza. Los jóvenes náufragos en el asfalto se verán obligados a insistir.