Javier Clemente tenía muy claro que las posibilidades del Athletic en Balaídos pasaban por ahogar la desenfadada línea atacante del Celta. Con el Espanyol y el Osasuna esperando visitar San Mamés en un plazo de cuatro días, el técnico era consciente de que en Vigo la prioridad era fortalecer la confianza defensiva de sus jugadores, blindar la portería de Lafuente a la espera de que un contragolpe o una jugada aislada permitiese a los rojiblancos regresar a Bilbao con el segundo triunfo consecutivo de la temporada. Y es que, por mucho que sea un recién ascendido, el conjunto de Fernando Vázquez posee talento en cantidades industriales y el preparador de Barakaldo dedicó toda la semana a buscar la manera de cortar en seco la temible versatilidad ofensiva del cuadro celeste. Y la encontró de forma inesperada y, hasta cierto punto, también de manera accidental.
Lo que, en principio, aparecía como un serio contratiempo -la sanción de Pablo Orbaiz, un pilar en el Athletic y el segundo futbolista de la Liga con más minutos acumulados en sus piernas- acabó propiciando la inclusión de Ander Murillo, un defensa, en el centro del campo. Y la retaguardia rojiblanca lo agradeció.
Sin ser un dechado de virtudes técnicas, el central de San Sebastián posee un manejo de balón lo suficientemente aseado como para participar en las labores de creación. Sin embargo, no fue su capacidad para distribuir el juego lo que llevó a Clemente a colocarle en la sala de máquinas del equipo. Ni mucho menos. Su intención era bien distinta. El ex seleccionador nacional quería revestir al Athletic con un par de capas de cemento armado, cerrar las grietas que el conjunto rojiblanco suele ofrecer a sus rivales con demasiada frecuencia. Y, a tenor de la solidez defensiva apreciada sobre el césped de Balaídos, acertó con la elección.
Murillo, un centrocampista reconvertido en central desde que entró en Lezama, dio la sensación de no haber olvidado las particularidades del centro del campo: no se permitió ningún tipo de excentricidades, guardó la posición en todo momento, acudió a las ayudas y descargó la responsabilidad de crear juego en compañeros más capacitados. Sabía cuál era su labor y cumplió.
Y es que el Athletic, por otra parte, descargó sobre su defensa gran parte de sus bazas en Balaídos. Murillo y Gurpegui se movían unos pocos metros por delante de sus centrales y, durante gran parte del partido, sólo los balones largos servían para que Aduriz y Etxeberria entrasen en contacto con el juego. Yeste e Iraola, a los que Clemente cambió de lado con la lógica pérdida de profundidad por las bandas, eran los encargados de suministrar balones a los delanteros. Pero también ellos, conscientes del valor de esta victoria, estaban más preocupados por defender el tempranero gol de Aduriz que por amenazar la portería de Pinto.