Alexánder Lukashenko, de 51 años de edad, el «último dictador de Europa», según sostiene George W. Bush, fue uno de los pocos diputados bielorrusos que votó en contra de la independencia del país en 1991. Hasta ese momento había dirigido un Sovjoz, cooperativa agraria estatal, cerca de la ciudad de Mogiliov, junto a la frontera con Rusia. Esa granja existe todavía en la actualidad y parece como si en ella el tiempo se hubiera quedado quieto en la época soviética.
Tras ser elegido diputado, el responsable agrario fue puesto al frente de un comité anticorrupción, que le hizo ganar gran popularidad. Venció en las presidenciales de 1994 bajo la bandera de la unión con Rusia, con el objetivo inmediato de restablecer algo parecido a la ya desintegrada URSS.
Nada más llegar al poder, Lukashenko restableció la vieja bandera de la Bielorrusia soviética y muchos otros símbolos e instituciones del antiguo régimen. Se topó con la oposición frontal de un sector del Parlamento que cobraba adeptos y amenazaba con alcanzar la mayoría. En 1996, el presidente bielorruso decidió convocar un referéndum constitucional, sin contar con la autorización de la Cámara, con la intención de reforzar sus poderes e iniciar así el camino hacía la destrucción de sus opositores. La situación llegó a recordar el pulso que enfrentó al presidente ruso, Borís Yeltsin, con los legisladores, en 1993, y que acabó con el sangriento bombardeo de la llamada Casa Blanca (el entonces Parlamento ruso).
Brutal crueldad
Rusia medió en aquel conflicto, pero a favor de Lukashenko, quien al final logró salirse con la suya y modificar la Constitución a su antojo. Consiguió convertir el Parlamento en un apéndice de su poder personal y actuó con brutal crueldad contra quienes, en la clandestinidad y con la ayuda de Occidente, intentaban conspirar contra él. Su última vuelta de tuerca para perpetuarse en el poder fue el referéndum celebrado en octubre de 2004, con el que logró eliminar la barrera que le hubiera impedido presentarse a los comicios de ayer y ostentar un tercer mandato. Lukashenko afirma actuar movido por el interés de «evitar la desestabilización de Bielorrusia y la dilapidación de los logros sociales de los últimos años».
Se jacta de haber conseguido que los pensionistas bielorrusos cobren un poco más que los de la vecina Rusia. Ayer, tras votar en el colegio instalado en el edificio de la Universidad Cultura Física de Minsk, Lukashenko dijo no ser un dictador y arremetió contra el presidente estadounidense Bush, a quien acusó de ser el «terrorista mundial número uno».