Diego Ventura cumplió de manera sobresaliente en el día mayor de las Fallas, con el mejor toro de una muy desigual corrida de Benítez Cubero. Pero, con diferencia, el mejor toreado de los seis. En banderillas, se prodigó en fantasías: galopes de costado y a dos pistas, llegadas despaciosas, clavadas arriba y en escuadra el cuerpo y el brazo. Incluso cuando tocó llegar de tablas a medios de caras y en balanceos celebradísimos. Limpias salidas. La faena tuvo gran unidad, seriedad, un criterio de torero. Se puso de pie la gente.
Raúl Martín Burgos estuvo más que espectacular. Primero, con un imponente toro castaño chorreado, que le alcanzó el caballo en los medios, Raúl quedó tendido entre toros y caballo, y salió sólo apaleado de un combate insólito. Por inválido se devolvió el toro castaño. Al sobrero, del segundo hierro de Cubero, el de Pallarés, Raúl le hizo de todo, le dio un concierto de violín, lo movió, lo sorprendió: ataques de punta a punta. La gente enloqueció. Obligó a Martín Burgos a dar la vuelta al ruedo.
¿Lo demás? El gusto de Rui Fernandes para deleitarse en aires clásicos y su a veces atolondrada manera de encontrar el sitio de torear. Antonio Domecq se lució en piruetas y más piruetas. Andy Cartagena abusó de dejar a su cuadrilla pegar capotazos y capotazos y mató de excelente estocada. Moura hijo exhibió en banderillas su excelente sentido del tiempo del toreo clásico a la portuguesa.