Desde la invención de la paella, el mayor gesto solidario que hemos practicado los valencianos fue la renuncia a monopolizar a Eduardo Zaplana para compartirlo con el resto de españoles y españolas. Costó un tiempo que en Madrid aceptaran la grandeza del personaje. Pero esto siempre sucede en Madrid: lo que llega de provincias ha de ser testado antes de entender su profundidad. O sea, que tras unos meses de quedarse con la epidermis de la cara del galán, Zaplana ya va siendo comprendido y su mensaje se difunde con rapidez y provecho. Zaplana es un tipo que siempre va disfrazado de Zaplana. Y nada define mejor su altura intelectual y ética que esa humilde práctica de comenzar cada frase, hable de lo que hable, con un 'sinceramente', pera luego encajar, sin pena y sin rubor, lo que convenga en ese momento a su peculiar y plana visión del mundo. No es lo suyo, desde luego, andarse en cuitas filosóficas sobre las formas de definir la verdad. Porque él siempre es sincero, por definición, por lo que cada cosa que dice 'sinceramente' debe ser aceptada como verdadera y sin mácula de duda. Por aquí, por el País Valenciano, hay gentes especializadas en llevar nómina de los, digamos, desajustes entre sus sinceridades y la realidad, pero entendemos que en la capital del Reino aún deba transcurrir más tiempo hasta que florezcan estas especies.
Todo esto no sería muy preocupante si no fuese porque, fíjese usted, desde que perdieron las elecciones generales, Zaplana ha contagiado a toda la plana mayor doliente del PP de su sonsonete, y no hay día en que anatemas, amenazas, insultos y negros augurios, no vengan precedidos, en las bocas de Rajoy, Acebes y todos los demás, por un 'sinceramente' o un 'verdaderamente', y otras protestas de certeza que acabarán ocasionando un conflicto de competencias con el Nuncio, en cuanto, mesiánicamente se arranque alguno con un 'en verdad, en verdad os digo...'. La tendencia imitatoria del siempre sincero Zaplana es tal, que la coletilla, que se pretende dramática, llega a aplicarse a lo nimio, sin que a nadie importe el que, en ocasiones, se alcance la pura contradicción de, por ejemplo, afirmar la sinceridad de una opinión y no de un hecho, lo que es tanto como reconocer públicamente que las opiniones de uno pueden estar falsificadas cuando se cuentan a los demás. Bueno, pues de esas, todos los días.
Supongo que tal frenesí por la verdad debe pretender ganar razón y sentimientos -o sea, votos- de los votantes, aunque no estoy muy seguro de si, a la par, obedece a una posición moral muy arraigada. Como es sabido, Kant consideraba que la veracidad era un valor absoluto y aconsejaba decir la verdad aunque de ella se derivara un mal cierto para un inocente. El Papa, cuando aún era cardenal Ratzinger -se lo tengo yo leído en un libro-, consideraba admisibles algunas mentirijillas, como expresar a un inoportuno que se está reunido, para rehuir una indeseada conversación telefónica. No sé qué estándar se fijarán los líderes del PP como alcance y límite tolerable de su relación con la verdad y la falsedad, pero muy kantianos no les veo. Claro que, igual, también obedece a alguna recomendación de uno de esos magos de la imagen que tantos estragos causan en la credibilidad de la política, con sus alquímicas añagazas y sus mixtificadas maniobras. En este caso va a ser cosa que alguna encuesta aviesa avisa de que la fama y honra de los dirigentes del PP anda como por rastrojos, dados más bien a traficar con la mentiras conscientes que con las verdades sostenibles.
Lo que pasa es que en esta estrategia reiterada de negar la evidencia a base de atribuirse la virtud de la sinceridad en cada trivialidad que van a pronunciar solemnemente, corren el peligro de conseguir lo contrario de lo pretendido, de provocar, con su litúrgico inicio de locución, una reacción psicológica adversa en el oyente, de tal manera que a cada 'sinceramente' las neuronas reviradas respondieran, como ráfagas, con otros términos como 'Prestige', 'armas de destrucción masiva', 'Urdaci', 'Yak' y otras que bien fácilmente puede usted traer a colación.
Y es que, si hace pocas jornadas los muchachos del PP se consolaron a ellos mismos recordándose, con Churchill, nada menos, que, a veces, los pueblos son ingratos, no estaría mal que, puestos a descontextualizar, recordaran que nunca tan pocos mintieron tanto a tantos y que éstos, al no ser tontos, no es que fueran ingratos, es que actuaron con lógica democrática. Al ser incapaces de dar ese paso, de admitir que en la apreciación de un comportamiento tramposo está la causa última de su derrota electoral, reside su incapacidad de adaptación y de cambio, el anclaje en el territorio de la crispación y la estéril esencia. Lo que es otra manera de decir que el principal problema del PP es su inmensa capacidad para engañarse a sí mismos. Sinceramente.