El Correo Digital
Martes, 21 de marzo de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
La mala educación
Hace unos días, en la televisión pública de Cataluña, se emitió un reportaje sobre el comportamiento de los adolescentes en los denominados cibercafés. Al principio no entendía que se hiciese un reportaje sobre una cuestión tan poco definida, puesto que no estaba seguro de que allí, en esos lugares de ocio (por llamarlos de alguna manera), los adolescentes se comportaran de manera diferente a otros lugares, pongamos por caso discotecas, campos de fútbol o conciertos de música rock. Según el reportaje de marras, los adolescentes muestran unas maneras de comportamiento que, como mínimo, sublevarían al más experto en soportarlo todo. Los chicos se insultan entre ellos. No observan las más elementales reglas de convivencia, ya que no tienen ningún reparo, si se tercia, en extender sus insultos al más cercano de los usuarios que tengan a mano.

El reportaje consistía, como suele ser habitual, en entrevistar a dueños o encargados de dichos recintos. Me llamaron poderosamente la atención dos de ellos. Una encargada comentaba, muy segura, su visión de la cuestión. Todo se reduce, según ella, a obligar a los jóvenes clientes a decir gracias, saludar al entrar en el local y procurar abstenerse de practicar el improperio. Sólo observando estas reglas de urbanidad, los chicos tendrían derecho a cultivar sus más queridos pasatiempos. El otro, un dueño, había claudicado. No pudo soportar el grado de desgaste mental y emocional que le ocasionaba atender su negocio. Se hartó, según él, de pasar más tiempo procurando que sus púberes clientes se abstuvieran de insultarse entre sí, además, por supuesto, de infligir todo tipo de daño a las más elementales normas del buen gusto. Se me grabó en la mente su insistencia en subrayar el insulto, la ofensa mutua entre miembros de un mismo grupo de amigos. Probablemente su extrañeza viniera también del hecho de hacerse la pregunta de rigor: ¿Cómo tratarían al que no perteneciera a su grupo?

La rampante mala educación que asola nuestro país es un hecho incontestable. Las soluciones, me refiero a las grandes soluciones macrosociológicas, seguramente existen. Pero yo me quedo con la encargada del cibercafé. Creo que este país tendría que comenzar a enseñar a sus adolescentes a saludar, dar las gracias y respetar al prójimo. Y puedo dar fe de que la ausencia de estas reglas tan elementales es absolutamente transversal. Es evidente que los padres alguna responsabilidad tienen en esta situación. Voy a contar una pequeña experiencia personal. Un día, unas personas a las que hacía muy poco que acabábamos de conocer nos invitaron a mi mujer y a mí a cenar a su casa. En un momento determinado de la cena hicieron su aparición dos jovencitos. Cada uno de ellos arrambló con lo que encontró en la mesa, y desaparecieron tan fantasmalmente como habían llegado. «Son nuestros hijos», apenas se justificaron los anfitriones. Ninguno de los chicos nos saludó, nadie nos presentó. Mi mujer y yo nos miramos y fue como decirnos: 'Éstos son unos maleducados, todos, los hijos y los padres'.

Respecto al maltrato entre 'colegas', tengo una teoría. Creo que todo se reduce a una cada vez más galopante incapacidad para exteriorizar afectos. Algo así como una carencia moral y estética. Entre adolescentes y ya no digamos entre adultos. No estamos enseñando a nuestros hijos que un ser humano, amigo, conocido o desconocido, es un paisaje extraordinario de la vida. La buena educación es parte de ese paisaje. La delicadeza y el buen tono colaboran enormemente a hacernos más grata la existencia. Incluso a adquirir no poca dignidad. Ya bastante tenemos con vivir y lidiar con lo imprevisible y con lo que no podemos o no sabemos todavía gobernar. ¿Quieren ustedes una imagen más desalentadora que un adolescente sin la más mínima conciencia de la amabilidad humana? En un adulto es desmoralizador. En un adolescente es muy triste, aunque por suerte, si nos empeñamos, no irreversible.



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