Malik Kane Gueye tiene 20 años y es senegalés. Allá en aguas de su país estuvo pescando atún en un barco de Bermeo con su amigo José Portillo. Por eso quiere llegar a Vizcaya y encontrar a Portillo, lo cual equivale a encontrar trabajo -su amigo se lo dará, dice con convicción-. Sin embargo, Malik estaba el viernes en una comisaría de Nuadibú a la espera de ser deportado. No había conseguido alcanzar las Islas Canarias en cayuco, pero al menos no se lo habían comido los peces. Senegal y Malí son además los dos países cuyos naturales podrán ser devueltos a Mauritania desde territorio español. Mala suerte. El juego de la vida es siempre una broma pesada, pero si eres africano las reglas son más duras, los premios escasos, la muerte espera agazapada en multitud de casillas. El sábado me quedé un buen rato mirando la fotografía que publicaba este periódico sobre un pie de foto que decía: 'Un grupo de subsaharianos se afana en cavar tumbas con barrenas'. Son jóvenes y fuertes; si no, difícilmente podrían abrir tumbas en ese terreno duro e ingrato con los precarios medios de que disponen. Han llegado a Mauritania desde Malí, Burkina Faso y Camerún, y, en vez de hacerse a la mar en un cayuco, o mientras aguardan para hacerse a la mar (acaso a la muerte), el destino (o sea, las reglas del juego que hacen de este mundo una trampa para muchos) les ha proporcionado un trabajo que es como una risotada siniestra: cavar tumbas para quienes se ahogan tratando de alcanzar la vida. Es casi como cavar tu propia tumba. En fin, a los peces no les da tiempo de comerse todos los cadáveres que flotan en el mar. Algunos que salieron vivos en cayuco regresan muertos a Mauritania, pero todavía intactos, en los cayucos de los pescadores. Son bajas de un ejército sigiloso que, cuando llega a su destino, parece enviado por el mismo mar que acaso se los comerá en otra ocasión: oleadas que asaltan la costa con la insistencia mineral del agua. Unos serán devueltos a la casilla de partida. Otros descubrirán que Europa no es el paraíso, y que la sociedad de la opulencia es en realidad la sociedad del despilfarro, donde lo primero que se despilfarra son las personas. ¿Qué quieren, qué busca esta gente? Trabajo, una vida digna, ni más ni menos. 'Enterradores de sueños', decía el titular de este periódico bajo la foto de los improvisados enterradores. 'Consigue tu sueño', nos dice un mensaje omnipresente en el omnímodo mercado. Y le llamamos 'sueños' a lo que debería ser normal: una vivienda, un trabajo en el que no te exploten mucho... Y si tenemos más poder adquisitivo, nuestros sueños son cosas: el cine en casa, la casa de la playa, el yate... No es que sean cosas desagradables, vaya, pero como sueños son una m, con perdón.