Hoy nos rasgamos las vestiduras porque un grupo de jóvenes ha organizado un macrobotellón, cuando lo que deberíamos hacer es preocuparnos porque ayer no hicimos nada para prevenirlo. Esto es fruto de una sociedad relativista, que afirma que todo son opciones, que proclama que no existen diferencias entre las cosas bien o mal hechas, que no conjuga los verbos amar, renunciar, ceder o sufrir, o que desconoce el significado de la entrega, la generosidad, la humildad o el esfuerzo. El macrobotellón pone de manifiesto el fracaso del sistema educativo español, porque la falta de cultura y de valores humanos, intelectuales y espirituales nos presenta a una parte de nuestra juventud sin rumbo, sin ideales, y, por consiguiente, sin capacidad para disfrutar de una vida coherente, y sin un proyecto vital sólido y fundamentado. Esta juventud española con tantas oportunidades, tantas posibilidades y tanta capacidad no ha de dejarse engañar, ha de integrarse en las ONG, en equipos de fútbol, en asociaciones cívicas y políticas; ha de cultivar las relaciones familiares y personales profundas, sinceras, perdurables. Por desgracia, creo que nuestro rasgado de vestiduras es más bien un acto de hipocresía, una nueva muestra de la incoherencia en la que nos movemos, de la falta de criterio de esta sociedad desnortada e inconsistente en sus planteamientos y valores.