Cinco años después, tras sufrir al menos dos suspensiones y otros tantos aplazamientos, ayer dio comienzo por fin en la sala 8 de lo Penal del Juzgado de Instrucción número 1 de Málaga el juicio por el atropello que, el 15 de febrero de 2001, costó la vida a Ricardo Otxoa y heridas gravísimas a su hermano gemelo Javier. Como ya es conocido, el único imputado del caso es el profesor universitario Sebastián Fernández López, para quien el fiscal solicita una pequeña multa y la suspensión de ocho meses del carnet de conducir. A su parecer, los hechos juzgados sólo son constitutivos de sendas faltas de homicidio y lesiones por una imprudencia leve.
No hace falta decir que la acusación particular no tiene una opinión tan benévola sobre las consecuencias penales de un suceso que conmocionó a todo el deporte español. Considera que en el brutal atropello de los corredores del Kelme se produjeron dos delitos -homicidio imprudente y lesiones imprudentes- y pide para el inculpado dos penas que sumarían siete años de prisión y nueve años de privación del derecho a conducir, así como una indemnización para Javier Otxoa de 4,1 millones de euros.
El inicio del juicio, que se prolongará hasta mañana o el jueves, provocó ayer una inusitada expectación en los juzgados del Palacio de Miramar, en La Malagueta. Desde las nueve y media de la mañana, periodistas, cámaras y fotógrafos departían en corrillos y pedían declaraciones a los abogados y testigos que iban llegando. Rodeado de un grupo de familiares, Sebastián Fernández López se negó a hablar y acusó a los medios de haber realizado con él un juicio paralelo durante estos cinco años.
Javier Otxoa llegó a las diez acompañado de su padre, Ricardo, y de su actual entrenador, Vicente Natividad, con quien vive desde hace unos meses en Massamagrell (Valencia). Cohibido, el héroe de Hautacam se sentó en una bancada, alejado de las cámaras y los focos, y dejó que fuera uno de sus abogados, José Antonio Mardaras, el que entregara a los periodistas una declaración firmada en su nombre.
El texto es demoledor desde la primera frase, que dice así. «Hundido en la muerte, pero vivo tras vivir un calvario tanto físico como mental». En el resto del escrito se relatan, alternando la primera y la tercera persona y siempre en un tono descarnado, los padecimientos del ciclista para hacer una vida normal, las gravísimas secuelas que le dejó el accidente y sus esfuerzos diarios en la rehabilitación.
Sin tirar la toalla
Lo cierto es que sólo hay un breve instante de esperanza en todo el texto, cuando Javier dice que luchará sin tirar la toalla por todos los que le quieren y por los incapacitados como él, a los que ahora quiere representar como deportista.
La declaración de los testigos se hizo esperar más de lo previsto. Por lo visto, los retrasos y las largas esperas son inevitables en esta causa. Tanto es así que el padre del ex-ciclista del Kelme no las tenía todas consigo sobre la celebración del juicio. «Hasta que no empiece no me lo creo. No hay derecho a lo que nos están haciendo», comentó a este periódico, antes de saludar a Vicente Belda, el director del Kelme, que también prestó declaración.
En su bancada, con un gesto que era a la vez de tristeza y ausencia, Javier Otxoa soportaba el paso de los minutos charlando con su entrenador, que le animaba recordándole sus progresos en el velódromo y sus dos grandes retos de la temporada: el campeonato de España que se disputará en Tafalla los días 22 y 23 de abril y los Mundiales de Lausana, en septiembre. Allí les espera un gran rival, el pistard Darren Kelly. «Tenemos que ponerle en aprietos», decía Natividad, optimista. Otxoa asentía, mirando al suelo.
En una breve charla con EL CORREO, el ciclista paralímpico expresó su intención de mejorar en el velódromo. «Estoy aprendiendo, pero ya me he pegado dos golpes. Tengo problemas de equilibrio», recordaba, con su voz queda, casi inaudible, otra de las secuelas del atropello, en el que perdió las cuerdas vocales. Sobre el juicio, apenas musitó un deseo; el mismo que lleva sintiendo y sufriendo desde 2001. «Sólo quiero que se haga justicia y que paguen por lo que han hecho», dijo, mientras seguía esperando inquieto la llamada del secretario del juzgado. Ésta se hizo esperar. Ni más ni menos que seis horas. Cosas de la Justicia.
Antes y ahora
El caso es que Javier Otxoa no dio su testimonio hasta las 16.20 horas. Antes que a él le tocó el turno a su padre, que no pudo contener la emoción cuando, a preguntas de la abogada de la acusación particular, recordó quién era su hijo antes del atropello y quién es ahora, cómo era el hombre que triunfó en el Tour de Francia y cómo es el niño actual, todo lo que Javier tuvo y todo lo que ha perdido. Su testimonio sobre las taras físicas de su hijo provocó un silencio demudado en la sala de vistas; un silencio que se reavivó como un rescoldo cuando el superviviente hizo aparición poco después.
Fue la suya una comparecencia breve y tan triste como todo lo que rodea a este caso. Javier Otxoa reconoció que no recordaba nada del accidente y explicó a grandes rasgos lo que es su vida. Fue suficiente. En la segunda fila de bancos, de la mano de su mujer, el conductor que le atropelló le escuchó con lágrimas en los ojos.