Nadie ha sabido explicar las razones por las que una actividad tan placentera como la conversación tiende con tanta frecuencia a derivar en la murmuración. Con la cantidad de asuntos hermosos, divertidos o agradables que podrían amenizar nuestras charlas, aprovechamos la menor oportunidad que se nos presenta para ocuparlas en el arte del despellejamiento del prójimo. Es una tentación irresistible para muchos. Por lo visto resulta muy reconfortante hablar mal de los otros a sus espaldas.
Así lo entendía Cervantes, a juzgar por las palabras que en 'El coloquio de los perros' pone en boca de Berganza: «Yo veo en mí que, a cuatro razones que digo, me acuden palabras a la lengua como mosquitos al vino, y todas maliciosas y murmurantes [...]: que el hacer y decir mal lo heredamos de nuestros primeros padres y lo mamamos en la leche». La maledicencia, en efecto, parece tener no poco de inclinación innata del ser humano, ya que se practica por igual en corrillos de vecindario y en las altas esferas intelectuales.
Se suele distinguir entre la murmuración inofensiva, aquella en la que se echa a rodar una información de poca monta acerca del criticado, y la murmuración denigrante, que se refiere a hechos o acciones graves imputados a alguien con certeza o sin ella. En este caso, que es el de la difamación y la calumnia, los daños son incalculables; no sólo por el perjuicio objetivo que se puede causar en la persona difamada, sino por el hecho de que ésta no puede defenderse de las acusaciones ni rebatir los hechos que se le atribuyen.
El factor grupo
Es justamente la ausencia del maltratado lo que hace de la murmuración un vicio especialmente maligno. Al hablar de alguien a sus espaldas le privamos del derecho a la discusión, del turno de réplica, del indispensable espacio para la defensa de su honor agredido. En cuanto el «Sé de buena tinta que fulano...» aparece en medio de la tertulia, empieza a producirse una especie de linchamiento incontrolado. Hay gente especialmente dotada para sembrar el veneno del chisme, pero si éste prende en los demás es porque generalmente los humanos somos bastante receptivos a la difamación. Por eso advertía Plauto que habría que colgar a todos los que contribuyen a propagar las infamias: a los propagadores, por la lengua, y a los oyentes, por las orejas.
Así, lo que a veces comienza como una insignificante descalificación del ausente provocada por algo que éste ha dicho o hecho, poco a poco va adquiriendo la dimensión de un juicio sumarísimo, de un voraz incendio al que todos contribuyen echando más leña al fuego. No sucede por casualidad. Cuando se llega a estos términos, es que los linchadores de turno han venido rumiando desde tiempo atrás diversos rencores, envidias, rivalidades o cuentas pendientes que ninguno ha tenido la valentía de resolver directamente con la persona en cuestión.
Otro de los elementos que interviene en la mecánica de la murmuración es el factor grupo. Pocas cosas unen más que la existencia de un enemigo común. «Revelar dos personas que les desagrada otra», sentenció Lin Yutang, «es una manera cómoda de expresar que se agradan entre ellas». Sacar a relucir los defectos de alguien no es sólo una cuestión de malicia: en los caracteres más débiles actúa como vía para lograr el reconocimiento de quienes prestan a la ceremonia sus oídos alborozados.
Los nuevos usos comunicativos están legitimando más que nunca las murmuraciones, las imputaciones infundadas y los chismes sin mesura. Ser malediciente o cotilla no está mal visto. La televisión prodiga espacios dedicados única y exclusivamente a hurgar en las vidas ajenas, donde se da crédito a cualquier habladuría e impera la licencia para chismorrear a diestro y siniestro. Habituados a consumir estos géneros del espionaje y denigración recreativos, muchos individuos acaban creyendo que también fuera de la pantalla es lícito actuar de la misma manera.
La murmuración como entretenimiento no es nueva. La literatura de todos los tiempos se ha recreado en la crítica de esos grupos cerrados donde, a falta de otras diversiones, abundaban los chismorreos y las habladurías. Así describe estas escenas Leopoldo Alas: «La animación de Vetusta renacía en cabildo, cofradías, casinos, calles y paseos [...] Todos reían los chistes y las picardías de todos. Poco a poco los círculos de la murmuración se animaban, la calumnia encendía los hornos, y los últimos que llegaban, los rezagados, encontraban aquello hecho una gloria. ¿Qué ocurrencias, qué fina malicia, qué perspicacia! ¿Oh, el ingenio vetustense!» ('La Regenta', capítulo XXII).
Satisfacción y regocijo
El atractivo de la murmuración es, por tanto, múltiple. Sirve como arma de destrucción infalible contra aquellos a quienes queremos hacer daño pero no nos atrevemos a desafiar directamente. Es un rito social que procura solaz y entretenimiento a las mentes menos formadas y a los espíritus más zafios. Actúa de elemento aglutinador de camarillas, mentideros y otras asociaciones de amigos que más bien habría que llamar de malhechores. Y, en fin, goza del prestigio de lo secreto, de lo reservado, de lo que está al alcance de pocos.
¿Cómo resistirse entonces a una costumbre tan extendida que, por añadidura, es fuente de satisfacción y de regocijo? Antes que practicar la antropofagia a distancia, habría que pararse a reflexionar sobre las consecuencias que ese entretenimiento puede acarrear a quien lo padece sin enterarse. Pero, sobre todo, conviene tener en cuenta que quienes acostumbran a hablarnos mal de otros en su ausencia, harán lo mismo de nosotros cuando no estemos delante.