El Correo Digital
Jueves, 23 de marzo de 2006
 Webmail    Alertas   Envío de titulares    Página de inicio
PORTADA ÚLTIMA HORA ECONOMÍA DEPORTES OCIO CLASIFICADOS SERVICIOS CENTRO COMERCIAL PORTALES
OPINIÓN
ARTÍCULOS
Emoción contenida
En los pasillos del Congreso, todo el mundo se abrazaba ayer a partir de mediodía, cuando supimos del comunicado de ETA. Me sentía un poco sorprendido, casi sobrepasado por la noticia, al ser efusivamente saludado por mis compañeros y al ver el entusiasmo general. Mi frialdad era consecuencia de una doble circunstancia. En parte porque lo esperaba y en parte porque sólo lo creo a medias. Me explicaré.

Desde hace más de un año, este paso se intuía. En el verano de 2004 confluyeron una serie de circunstancias que obligaron a ETA y Batasuna a replantear su estrategia. De una parte la aparición de un terrorismo de raíz islamista que alteró la geoestrategia internacional contra los grupos violentos. En particular el atentado de Madrid que descolocó además a ETA en su protagonismo violento y condenó definitivamente cualquier práctica semejante. De otra, la desarticulación operativa de la banda, producida en los años de la ofensiva terrorista y que ha debilitado la estructura francesa y la interna como nunca hasta la fecha.

Junto a todo ello, hay dos argumentos que este mundo no desprecia. El uno es el endurecimiento que la democracia ha establecido al entorno político de ETA acumulando sumarios judiciales contra organizaciones y personas afines e ilegalizando las opciones partidarias que lo representan. El otro es el hartazgo de la sociedad vasca y la convicción de que la causa política que se atrinchera en las bombas quedará destruida por ellas. Este argumento es definitivo y viene cobrando cuerpo en la izquierda abertzale, y en el nacionalismo en general, desde el asesinato de Miguel Ángel Blanco en julio de 1997.

A todo ello se suma la renuncia del IRA a la violencia y su apuesta decidida por la política para defender sus objetivos. ETA siempre se ha mirado en ese espejo y su estrategia, con frecuencia, se ha nutrido en aquellos lares. La desaparición del IRA dejaba a ETA como el último mohicano de los viejos movimientos de liberación surgidos en la segunda mitad del siglo XX en las turbulentas aguas de la descolonización y de las revoluciones marxistas.

La noticia no me sorprendió ayer al mediodía, porque este razonamiento venía tomando cuerpo desde hace año y medio y porque todos sabemos en Euskadi que esta decisión estaba tomada y sólo faltaba saber cómo y cuando la hacían pública.

El cuándo ya se ha despejado. El cómo, en parte también. El comunicado de ETA es diferente. Está medido y parecen prudentes. La ausencia de la retórica milenarista y militarista se agradece. La expresión utilizada, 'alto el fuego permanente', es nueva y merece un comentario. Desde luego habría sido mejor que renunciaran definitivamente a la violencia, pero desgraciadamente eso no es realista en este tipo de casos. El uso de la expresión 'alto el fuego' ha sustituido a la 'tregua' clásica de otras ocasiones y el 'permanente' supera las características 'temporales', 'sectoriales', 'territoriales' o 'indefinidas' de sus antecedentes.

Tiempo habrá para analizar con más detalle la situación creada, pero si algo contiene mis emociones de paz es esa ligazón entre el cese de la violencia y la construcción de un nuevo marco político en el que se reconozcan «los derechos que como pueblo nos corresponden». Aquí hay mucho que decir porque algunos creemos que la libertad y la paz eran los derechos que nos faltaban precisamente. En definitiva, que no estoy seguro de que en ETA y en su entorno algunos sigan pensando que la amenaza terrorista sigue siendo útil para alcanzar determinados objetivos que la democracia no concede. Por eso, quizás hoy más que nunca, conviene recordar que no hay precio político para que dejen de matar, pero que tampoco debe haberlo porque hayan dejado de hacerlo.



Vocento