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Jueves, 23 de marzo de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
El difícil fin de la tragedia
Pocas veces una noticia ha tenido más mensajeros alborozados: por el móvil, compañeros que venían corriendo al despacho, innumerables llamadas por teléfono. Mi primera reacción ha sido pensar en las víctimas de cuarenta años de barbarie. Leyendo el comunicado sentía tristeza e indignación pensando que se haya hecho sufrir tanto a tanta gente para acabar con tan poca cosa. Pero sí, parece que estamos ante el fin de la pesadilla de nuestra generación.

El comunicado de ETA sorprende por el tono sobrio, calculadamente ambiguo y aparentemente constructivo, pero tan distante al usado de forma habitual, lleno de amenazas, de elencos macabros y grandilocuencia. Me cansa buscar la lógica de un escrito que mana de la máxima irracionalidad, pero conviene hacerlo. Ante todo hay cosas decisivas que quedan en el aire y no están nada claras. ¿El alto el fuego supone el fin de las extorsiones, de la 'kale borroka' y de las intimidaciones? ¿'Permanente' se entiende como definitivo, porque no son necesariamente lo mismo? ¿Se opta por las vías democráticas de forma instrumental y coyuntural o de manera decidida e irrevocable? Porque el marco democrático es hoy el mismo que el de hace unos años, cuando ETA lo consideraba absolutamente incapaz ni de evolucionar ni de satisfacer sus exigencias mínimas. Pero, sin duda, es una magnífica noticia el alto el fuego de ETA, pese a las ambigüedades que encierra y las dudas que suscita.

Dejando al margen las especulaciones sobre las interioridades de la organización terrorista, creo que la reacción del presidente Zapatero ha sido muy sensata. En efecto, ha puesto el primer y mayor énfasis en subrayar que el camino del fin de la violencia tiene que ser recorrido por todas las fuerzas democráticas juntas. Hay que superar las relaciones cainitas que se han introducido en la política española estos últimos tiempos. Es obvio que la política antiterrorista está ante una nueva situación y requiere actitudes también nuevas. El Gobierno tiene que buscar, ante todo, el acuerdo con el principal partido de la oposición y el PP -al que reconozco el derecho al escepticismo y al pesimismo- no puede, sin embargo, desconocer que un elemento clave ha cambiado y que los discursos y las actitudes no pueden permanecer estancadas. Sería suicida, y de consecuencias imprevisibles, si en estas circunstancias la política ante ETA dividiese radicalmente a la sociedad española. Como sería nefasto para el constitucionalismo y para la convivencia e intolerable en sí mismo, por las víctimas que han ido dejando por el camino, si se pretendiese buscar un nuevo consenso político en el País Vasco marginando al PP.

Los discursos de la «ilusión» y de «los tiempos nuevos» me parecen, al menos, prematuros, aunque lo entiendo en el contexto mesiánico con que muchos viven la política en el País Vasco. Me parece más acertado hablar de «prudencia, calma, camino largo y difícil». Zapatero -me permito elogiarle por las veces que lo he criticado- ha controlado su optimismo antropológico y ha dicho, acertadamente, que se tomará tiempo para ver «si se dan las condiciones» y puede aplicarse la resolución aprobada por el Parlamento sobre el fin dialogado de la violencia sin contrapartidas políticas; y que, cuando lo haga, contará con el Parlamento para ello.

Hay que garantizar que ETA no va a condicionar de ninguna manera el debate político en el País Vasco y una eventual revisión de nuestro marco autonómico. Hay que asegurar que ETA no cobre ganancias políticas en una hipotética mesa de partidos, a través de organismos interpuestos, a cambio de la renuncia a la violencia que vaya negociando en la mesa paralela con el Gobierno. Porque una de las sombras del documento de ETA es que deja bien claro que no pretende abandonar la escena, que aspira a influir políticamente y asume «el compromiso de seguir dando pasos acordes a esa voluntad». ¿Cómo lo va a hacer, retornando a la violencia cuando lo juzgue conveniente, convirtiéndose en partido político o haciendo pública su vinculación orgánica con Batasuna? ETA ha estorbado siempre a los verdaderos demócratas (bien pocos al principio, porque la dictadura no era buena escuela de democracia), llegó un momento que estorbaba a los antifranquistas, después a los sedicentes revolucionarios, más tarde a los nacionalistas, ahora estorba a sus aliados directos de siempre. ETA es un anacronismo insoportable y ridículo, aunque trágico, al que hay que enterrar con inteligencia, pero con mucha claridad.

El País Vasco necesita normalidad, es decir, vivir sin el chantaje del terrorismo, sin la presión ambiental generada aprovechándose de la violencia en una sociedad en la que toda la oposición ha tenido que estar durante muchos años con guardaespaldas y sin libertad. Una sociedad así necesita un cierto tiempo para serenarse y para que se pueda percibir el peso verdadero de las diversas cuestiones. Necesitamos dilucidar nuestros conflictos y diferencias, propias de una sociedad libre, democráticamente con la misma libertad para todos. Necesitamos que el tirón de la sangre y de la tribu sea sustituido por la conciencia de ciudadanía; que el mito perverso de las identidades puras sea sustituido por el mestizaje y las identidades múltiples y compartidas. Tenemos que conseguir que el desistimiento de ETA sea total e irreversible. Y, después, mirar nuestro pasado inmediato de cara y recapacitar sobre tantos silencios, cobardías y complicidades, para que nunca más esta pesadilla vuelva a repetirse.



Vocento